El problema no son los toros, son los hombres

La gente, un día, se topa con un tema sobre su mesa que no espera, las corridas de toros, no es que desconozca el asunto, mas bien al contrario, le acompaña desde su inicial conciencia social, es parte de su memoria simbólica y ha participado, es decir, se ha involucrado en el desde diferentes iniciativas y con diferentes roles, menos uno, naturalmente, nunca ha hecho de toro. Se trata de un ritual de índole genética en el que ha simbolizado a través de su representación un sin fin de mecanismos simbólicos de vital importancia en su vida, la lucha por la vida, la dominación-domesticación del animal, la representación límite de la creación artística, la congregación social ante la labor del elegido. Etc. Etc. Etc. Etc.

Durante generaciones y generaciones, el juego mortal con el toro ha representado fielmente las urgencias de la lucha por la vida como quizá ningún otro. Esa representación ritual fue posible por la presencia del único animal que ataca sin hambre, y que vuelve a atacar y vuelve, porque su instinto le impele a ello hasta que encuentra la muerte, el león, el tigre, el lobo o el gran leopardo se cansan antes y abandonan. La prevalencia del ritual conllevó la conservación de la especie. ¿Es suficiente razón?

Seguramente lo fue durante milenios, pero es obvio que hoy no lo es. No desde fuera del mundo taurino en general. Y puede que no lo sea por una cantidad tan variada y potente de razones que tuviéramos que acudir a varias semanas para atenderlas, aunque creo que casi todas ellas pudieran estar dentro del concepto moderno de modernidad. Me explico: La modernidad es el conjunto de criterios y valores, creencias, vigencias y normas que definen el acoplamiento a un modelo de conducta que se acopla a la sociabilidad, al acercamiento que el modelo social vigente define como patrón. El concepto moderno de eso hoy es una batería de valores que tienen mas que ver con el concepto de hombre como fin mas que como medio como apuntaba reciente y acertadamente Víctor Gómez Pin en un artículo. El hombre se ve a si mismo en el vértice de la existencia y de la moralidad, no se conforma con su proyección religiosa, quien además la tenga, por delante del hombre ya no hay nadie, es el fin último, el ídolo máximo del altar. Encontrándose como fin, el hombre descubre afinidades con los modelos vivos que no ha contemplado en los tiempos pasados y reflejado en alguno de ellos se siente representado. Por eso, en las investigaciones sociales sobre valoración profesional, una de las más valoradas suele ser la de ecologista (sic) “profesión” que la razón vulgar entiende como el conjunto adalid de los valores con los que ha llegado a comprometerse esta sociedad. Ese rasgo que se deriva de esa percepción es incompatible del todo con algo como las corridas de toros. No se trata de catalanes y españoles, de franceses y portugueses, de buenos y malos. Se trata de personas expulsadas de las reglas de pervivencia naturales que se han construido una moral desde los medios de comunicación y los valores pertinentes. ¿Qué chaval de 18 conseguiría ligar iniciando una conversación sobre el toro bravo?

La conciencia ecologista es la del exiliado de la naturaleza, de quien la ve desde el sofá, la tele y las revistas de moda, donde la naturaleza, no huele, no mancha, no muere ni duele. Aunque no sea eso.

Los cielos están llenos de bestias con nuestro rostro mismo. Agosto