Fútbol es fútbol. Pero no solo fútbol

LA GENTE, UN DÍA, se prepara para una prueba de esfuerzo considerable que consiste en aguantar la presión de la ilusión, la premiosidad de la esperanza, la prisa del logro final y se tiene que acostumbrar a atender a los amigos foráneos, de Portugal, de Escocia, de Rusia, de Mongolia y de Argentina e Uruguay y darles las gracias por anticipado, asume con ellos que está muy bien haber llegado “hasta aquí” y se provee de líquido suficiente y batería de móvil precisa.

El tiempo pasa y pasa despacio y a la vez vertiginosamente, parece que se estira como chicle y de pronto, uno se da cuenta que faltan cinco minutos para el comienzo. Los informativos se han explayado como nunca en remarcar el carácter excepcional, único de la situación. Nunca se ha visto nada igual y si atendemos a la lógica estadística, si en 99 años de historia mundialista, nunca acudimos a disputar la final del campeonato del mundo, puede que cuando vuelva a poder suceder de nuevo, llevemos unas cuantas docenas de años en campo santo.

La vida audiovisual que nos condiciona y retrata, se nos asoma como por dentro y nos muestra de primera mano lo que empieza a sucederle a todo hijo de vecino de este país salvo quizá a los de Esquerra Republicana de Cataluña que van con Holanda, porque se supone que el enemigo es otro. La gente, se pertrecha y se atrinchera para resistir el asedio de la ansiedad y hace un buen rato que llevamos tres cervezas y bolsa y media de patatas fritas, incluso una de ellas con sabor a beicon que uno no sabe de donde ha podido venir. El caso es que ese hormigueo de las piernas se asoma a la pantalla del móvil a la que llegan sin cesar las sensaciones de la gente, la gente que ese día, como si fuera navidad, se ha puesto a comunicarse declarando su afecto.

Comienza el partido y lo que parece que iba a pasar no pasa, Holanda no juega al fútbol como se había anunciado y los minutos pasan en la batalla a punto de contarse en términos de bajas como en las guerras de verdad. Llega el descanso y aparece la tortilla de patata, el gazpacho, el jamoncito y la botellita de vino. Uno aprovecha para ver si la botella de cava puesta a enfriar, sigue estando ahí y de nuevo, con el pitido del comienzo de la segunda parte y con la boca llena de tortilla, consigue la gente sentarse de nuevo.

Termina el tiempo reglamentario y todo sigue igual pero se ve a los jugadores exhaustos, magullados, aunque no parecen abatidos. Comienza la prórroga y más de los mismo, si acaso menos furor en las patadas de piernas más cansadas. Llega la segunda parte de la prórroga y a la gente se le empieza a subir el gemelo del miedo a los penaltis. De pronto un tipo de la Mancha se hace universal, de nuevo, y nos hace campeones. Bueno, no a todos, a los de Esquerra Republicana no. Y la gente estalla, por todas partes, la gente hace suyo el afecto que demuestran en las imágenes que les une a los jugadores. Los abrazos, los besos, las lágrimas se contagian a millones de personas (menos naturalmente a los de esq…..). Fútbol es fútbol decía el filósofo Boskov en su parco castellano. Es verdad, pero no solo fútbol. Continuará…….

Los idus aviesos se vuelven a la cueva huyendo de los abrazos. Julio