La lealtad de los traidores

LA GENTE, UN DÍA, se levanta, una de estas mañanas en las que la huelga del metro en Madrid llena las calles de automóviles que hacía meses que guardaban recatado descanso en el garaje y apelotona al personal en las paradas de autobús, mientras nadie se queja, para qué, de quejas sabe la gente un montonazo, las repite cada día en el sofacito ante la tele aunque luego resulte que gane España. Las quejas se han convertido en el pan nuestro de cada día. Pero en fin, un día de estos, la gente se levanta y se topa con la noticia de que el Reino de Marruecos, cuyo soberano Mohamed VI es, además, Príncipe de los Creyentes, o sea, la máxima autoridad religiosa, también, ha nombrado como su embajador en España a un traidor. Resulta que el susodicho a quien me niego a nombrar aquí, era hasta hace menos de un año, un alto dirigente histórico del Frente Polisario, hasta que los hombres del Rey, le tocaran prometiéndole, el oro, pues el moro es el, para que cruzara el muro y se pasara al enemigo, donde a buen seguro, le habrán tenido preparado un buen recibimiento y un enorme cesto de promesas y prebendas.

No es nueva la cosa, desde que tenemos noticia histórica y de ello se puede colegir que sucedía de la misma manera antes de ella, los esfuerzos para conseguir aliados en el bando contrario se han sucedido en cada civilización de la misma manera, como es lógico, pues en cada una de ellas, los protagonistas eran seres humanos, a lo mejor con mas miserias que otros, pero humanos, y si cabe mas humanos por ser tan vulnerables. Hasta ahí, la cuestión no sobrepasa cualquier párrafo de un libro de historia de la humanidad, lo sorprendente en el siglo XX es que se mande a un tipo que hace un año luchaba por derribar el régimen marroquí, como embajador del mismo y además en el país de referencia de sus dos patrias y seguramente con Francia y Estados Unidos, la tercera embajada mas importante del mundo para el monarca alauí, se supone.

La cosa tiene su miga pues malamente puede representar este tipejo a un país en el que no ha vivido nunca, ni hacerlo en un país que le debe la independencia al suyo de nacimiento. Parece de entrada una de esas paradojas que tantas veces adornan las relaciones entre España y Marruecos, casi siempre sujetas a tal cantidad de sobreentendidos, sugerencias intuidas, deseos secretos e intenciones ocultas que pocas veces dejan de ser mas una comedia representada que una conversación sincera entre vecinos, pero además, suena a desaire sutil, eso que tanto gusta en Rabat, seguramente históricamente hartos de la rudeza del trato español. Mandarnos un traidor del polisario es más que darnos en la boca con el envés de su diplomacia, tan alambicada ella.

El ex polisario puede que venga a España a hacer un master en marroquinidad. Si se da unas cuantas vueltas por esta piel de toro, puede que se encuentre en el origen de las mejores cosas que trajo Al Tarik allá por el setecientos. Lo malo es que aquí, aun en el caso de querer pagar traidores, cosa que dudo, no hay dinero para ello. Mal negocio.

Los muecines enhebran su salmodia en la aguja bíblica, y cantan. Julio