Historias de la crisis

LA GENTE, UN DÍA, descubre que le empiezan a contar historias cotidianas, esas protagonizadas por gente de su ralea, de su misma ralea, personas como cualquiera que en cualquier momento aquello que se ven obligados a hacer, se convierte en una historia ejemplar, y los medios comienzan a airearla pensando, con razón, que los demás, los otros que somos gente, nos fijaremos en ella y la tomaremos como nuestra.

No es fácil que las situaciones sociales lleguen a estabilizarse tanto, a quedarse en la misma tónica tanto tiempo que las circunstancias puedan tornarse históricas, repetirse y sucederse de tal forma que representen el tiempo histórico. Por lo general, las situaciones sociales pasan antes que se puedan identificar comportamientos derivados, por eso, casi siempre, las historias que se cuentan suele hacerse en pasado, lo que pasó.

Las historias que logran ponerse en pié en su propio momento, dentro de su propio tiempo, tienen un valor sociológico brutal, pues suelen mostrar de manera tozuda los vectores del comportamiento social sin necesidad de acudir a interpretaciones científicas de investigaciones sesudas.

Estamos acostumbrados a ver en el pasado, esas historias de su propio tiempo, pero eso tiene que ver fundamentalmente con la velocidad del cambio social, el vértigo en que se suman los grupos de humanos hoy en día no favorece que seamos capaces de dar tiempo a que en el mismo contexto, se invente, escriba, produzca, ruede, monte, sonorice y estrene una película como aquella inolvidable: Historias de la Radio, seguida mas tarde por aquella pésima Historias de la televisión. Y no solo porque dependiera de unos cuantos genios de aquel cine español en blanco y negro que desgraciadamente, tan poco se parece al actual por mucho colorín que atesore. No, hoy no es fácil que las cosas perduren con la permanencia y continuidad de contexto como para que de tiempo a que aparezcan historias. Pero mira por donde, esta horripilante crisis económica que padecemos, perdura con tal constancia, con tamaño empeño y de la misma manera que empieza a producirlas.

Estos días atrás, un hombre de 73 años, jubilado, asaltó un banco con un papel en que pedía que le dieran la caja avisando que tenía una pistola, y era verdad, solo que después se descubrió que aunque buena imitación, era de plástico, probablemente de algún nieto. El atracador jubilata, huyó a pié del banco y se supone que sin demasiada premura pues pudo ser seguido por un par de empleados del banco asaltado que dieron cuenta a la policía, que a renglón seguido, detuvo al abuelo atracador. Al parecer el hombre adujo extrema necesidad por invertir la totalidad de su pensión en el pago de la residencia en la que está ingresada su esposa. No sabemos como terminará el asunto, aunque en los años del B/N, seguro que Alberto Oliveras en su Ustedes son formidables, habría logrado solución al asunto.

Lástima que el gran Pepe Isbert no esté desde hace demasiado tiempo entre nosotros, si no, sería sin duda el protagonista cinematográfico de esta historia, que como todas, nos recuerda que en medio de los datos y las estadísticas, la gente, vive, sufre y se rebela. Al menos.

Están yéndose las golondrinas en un vuelo lleno de melancolía. Junio