Descrédito de la justicia (injusticia suprema)

LA GENTE, UN DÍA, lee la sentencia que destierra a un juez de su ejercicio por haber investigado cuestiones sin ajusticiar y tras la eterna, aunque consecuente estupefacción, busca en el submundo de los editoriales de los periódicos, atraviesa las procelosas sendas de Internet, oye a los gurús en las emisoras de radio, trata el asunto con los amigos, y termina en el sofá de su casa, como empezó, con la sensación conocida de ver como las grandes cuestiones de su civilidad siguen tan contaminadas de humanidad que no les dejan despegar al olimpo de las verdades inmutables, aquellas verdades en las que el ciudadano precisa creer para seguir pagando los impuestos, cruzar por los pasos de cebra o aceptar el impuesto municipal de vehículos. Las mismas que le dejan dormir en la confianza de que si le asaltan el pisito, los municipales le vengarán deteniendo a los culpables y recuperando la tostadora, el DVD y la cajita con el reloj y las gafas de sol del padre muerto. 

A la gente le sigue fastidiando la sensación innegociable de que el hombre es el más poderoso contaminador de si mismo y en recuerdo de aquel lejano credo de los pares, sigue cebándose en los suyos con mejor saña que con los ajenos. Así, la gente, asiste a la caza y captura del igual tras el escudo del procedimiento y ve como los jueces del Tribunal Supremo abordan desde su suprema aptitud la suprema actitud de librarse de la honesta en la casa de putas. La prevaricación es el delito que se le imputa a quien se ha atrevido a hurgar la herida mal cerrada y la prevaricación no es cualitativa, no contempla que se hayan subvertido las normas en aras de la justicia debida, simplemente contempla la subversión de la norma y con ello, los pares de Garzón expulsan a quien buscó la justicia de los derrotados por haber conculcado la injusticia de los asesinos. 

De nuevo, la gente, como quien esto escribe, se siente desamparada ante el uso justiciero. De nuevo, alguien poderoso llama a un amigo y desplaza el fiel de balanza en su contento. De nuevo, la gente, busca la explicación de por qué las altas tareas siguen siendo a veces, muchas veces, jaleas de baja estofa, negocios de ira y venganza donde las afrentas reservadas en la inquina emborronan las frases de los juramentos de toma de posesión. Manejos donde la venganza y la vergüenza suman sus zetas para confinar aún más si cabe la esperanza de la gente que cree que el hombre justo está empeñado en curar heridas y no abrirlas. Sarcasmo infinito esgrimido por los jueces del Tribunal Supremo, el más alto, el último, para condenar a Garzón. Buscar los muertos asesinados con vileza infinita sigue siendo para los jueces del Supremo una indecencia peligrosa para la paz social lograda, o mejor dicho, rendida con la transición. Mientras, sus artífices callan. ¿Qué ocultan? 

La gente sabe que poner el carro delante de los bueyes logra que el conjunto no sea capaz de ponerse en marcha, y sabe que las cuitas históricas no se cierran porque lo dicte una sentencia, ni justa, ni suprema, ninguna sentencia puede cambiar ninguna vida, menos, tanta muerte. Ni echando a mil Garzones de un millón de supremos. 

No hay símiles que auguren sino igual mirada, voz, mácula. Mayo