La tierra tiembla

LA GENTE, UN DÍA, escucha a un tipo en la tele que habla de los efectos desastrosos de la nube piroclástica ocasionada por la erupción de un volcán de nombre impronunciable ubicado en Islandia, un terreno en el que a mas de uno y de dos, les costaría colocar la banderita apropiada en el mapa como hacen los niños de primaria, con San Sebastián, El Guadalquivir o Valencia. Resulta que uno se entera de pronto que la tierra tiembla y resulta que tiembla sin parar y cada vez, al parecer mas frecuente y dañinamente, y es que el hombre, la gente, es descreída y olvidadiza. No le vale apenas, lo que ha leído o le han contado, ni siquiera de lo que se he tenido que examinar, porque si tuviera la tentación de rebuscar en la historia privada del mundo, se toparía con tal cantidad de precedentes que seguramente le enrojecerían el rostro. Eso, dando por esperado que aún le queda sonrojo al hombre actual. 

El hombre actual, el contemporáneo, aquel que tiene el número de CIF correlativo con el nuestro aunque nunca hayamos tomado una caña con el, puede ser cualquiera y seguir pareciéndose insultantemente a nosotros y además, podemos seguir sintiéndolo tan lejos como antes de ser presentados. Porque si hay una característica del hombre actual general, ese tipo cualquiera de la gente, al menos la del primer mundo, es su máxima concienciación de los problemas medioambientales unido a su máximo desconocimiento de los mismos, sumado a la máxima indeferencia ante ellos que resulta en su máxima mezcla de maldad e indefensión ante el objeto de su preocupación. 

A las 13h del 24 de Agosto del 79 A.c. en Pompeya, vivían mas de 20.000 almas que lógicamente no sabían que era una nube piroclástica. Ni siquiera sabían nada de volcanes. Pero ese día la parte mas alta del Vesubio, que no había erupcionado desde hacía 1.500 años, voló por los aires en una explosión 100 veces mas potente que la de la bomba de Hiroshima, soltando polvo, gases y cenizas que formaron una nube de mas de 30 Km. de altura y dejando petrificada a la mayoría de la población, pues, como no sabían nada de vulcanología, se quedaron aplicados a sus cosas y así los encontramos de nuevo diecinueve siglos después. En esas mismas exactas posturas que aún hoy, espantan. 

De la misma manera, la sociedad del siglo XXI tan tecnologizada ella, se ha quedado parada ante la nube de ceniza islandesa, aunque nadie, lógicamente se siente culpable. Los volcanes tienen vida propia. Mientras, la gente sigue a su bola, arranca el coche, enciende la calefacción, tira la pila del móvil, llora por el atún rojo y deja el grifo abierto. Se cree tan a salvo como los pompeyanos, aún mas diría, pues cree que está dominando a la Tierra, expoliando su oro negro que se le rebela ante las playas del imperio y embalsando el agua para que corra a los ríos cuando a la gente le interese, no cuando ella quiera. El problema es que según los científicos, el agua embalsada, mayoritariamente localizada en el hemisferio norte, o mejor dicho, su peso, ha acelerado la gravitación terrestre en los últimos 40 años, en 8 millonésimas de segundo. ¿Y alguien piensa que es baladí? Recuerdo de nuevo la frase del fundador de la Hermenéutica, Hermes Trismegisto en su poema “La Llave”: “El hombre quiso habitar la forma sin razón (la Tierra) al conmoverse de su propia imagen ante la Naturaleza”. Amén.     

No hubo hombres como nubes, ni aún ríos. Sólo náufragos. Mayo