La maldita ira

LA GENTE, UN DÍA, escucha a un tipo en su declaración judicial por presunto (sic) asesinato de una joven marroquí en Tarragona, que le dio tal rabia cuando ella le dijo que no quería casarse con el, se airó de tal manera que allí mismo en la acera le atizó doce puñaladas, todas ellas, al parecer de los forenses, mortales de necesidad. Hubiera bastado, por tanto, con una sola de ellas, pero el tipo, siguió y siguió hundiéndole el cuchillo de cocina, se supone que hasta que se agotó. En el juicio, dijo que no quería que se casara con otro que no fuera él, pero que no recordaba su cara. Tan ciego de ira estaba. 

No hace tanto tiempo, en Puerto Hurraco, un par de hermanos soltizos, encolerizados por su par de hermanas soltizas, enfebrecidos todos, salieron a la calle a matar todo lo que se moviera alrededor, mataron, hombres, mujeres y niños, a los que seguramente no vieron, ciegos de ira como andaban. 

Cualquier día en cualquier calle de San Sebastián, vieja señora de la mar, a cualquier etxekuandre pacífica, que venga de ver a sus nietos, la puede quemar viva en un autobús incendiado con cócteles molotov, la ira de la kale borroka. La ira que desata un autobús que acerca a las gentes a sus cosas.

La santa ira ha sido un elemento de control de población humana, más eficaz que el cólera o el VIH. Durante toda la historia humana, las gentes encolerizadas por cuestiones santas, han asaltado, destruido, torturado y matado sin piedad y por doquier. Y hoy aún vivimos y sufrimos en todo el orbe la santa ira de la Yihad. 

En los puentes sobre las autopistas comienzan a levantarse barreras de dos metros para impedir que gentes airadas contra el automóvil, o el progreso, o el ministerio de fomento, o vaya usted a saber, se dediquen a deslumbrar con lanzadores de láser a los conductores para provocar su accidente y su muerte. Sólo así se explican determinados accidentes en autopistas. 

Deberá haber una explicación científica a la ceguera que produce el enojo infinito, la irritación terminal, la rabia desbocada que, de pronto, se le sube a la gente, un día, a la cabeza y arremete como un fiero rayo destructor contra su semejante. Seguro que se conocen las sustancias que tal estado de ánimo provoca segregar y sus efectos, pero la pregunta se queda meciéndose ante las entendederas del ciudadano que no acierta a comprender cómo se llega a traspasar los límites de lo humano para romperlo en mil pedazos. 

A poco que se lea, aunque sea gratis, episodios de ira infinita se reflejan en los periódicos con una profusión aterradora. Y lo más espantoso es descubrir como cualquier buen tipo se transforma en una máquina destructora si consigue airarse contra algo o alguien, lo que quiere decir que la ira convive con nosotros, que es parte de nuestra materia y que, en fin, es cuestión leve, que se active en cualquier semáforo. ¡Qué miedo!

¿Será que hay silencios incólumes? Mayo.