La pertinaz sequía, el eterno retorno

Foto: Cabalar. Embalse de Cecebre, en Cambre

EFEFoto: Cabalar. Embalse de Cecebre, en Cambre

Hubo un tiempo en el que la información sobre el estado de los pantanos y el agua embalsada en las cuencas era de obligado seguimiento. La sequía formaba parte del imaginario colectivo, de la escasez y la pobreza. Los pantanos eran la solución, la aportación de las dictaduras (la de Primo de Ribera y la de Franco) al progreso. El aprovechamiento de las cuencas de todos los ríos e incluso los trasvases entre cuencas formaron parte de las políticas públicas y del NODO.

Los años de sequía lo eran de escasez y de malestar; como si fueran castigo de Dios, desaprobación del cielo y maldición para los gobernantes. Ocurrió durante el franquismo, pero venía de antes. Incluso durante la democracia los períodos de sequía provocaron tensiones políticas y agobio para el partido del gobierno. La última el año 1995. El PP patrocinaba los trasvases, incluido el del Ebro que excitaba localismo y nacionalismo a cuenta de la propiedad del agua. Naufragaron los Planes Hidrológicos por falta de consenso y también la respuesta socialista con el plan de desaladoras que se quedó a medio camino atacado por los costes (especialmente el energético), las protestas y en algunos casos una mala gestión con casos de corrupción.

Llegados a este momento la sequía vuelve a emerger como problema y empieza a ocupar telediarios y protestas ciudadanas. Suele ser un presagio de cambio de ciclo, aunque no es probable que se llegamos a una situación de escasez para lo que llamamos “agua de boca”, el suministro doméstico.

Volverán los debates habituales que repiten en cada ciclo de escasez. Primero el mejor aprovechamiento de las cuencas, luego las alternativas de suministro, incluidas las desaladoras, además el uso racional, la estrategia de precios, especialmente en la agricultura intensiva, el desperdicio por malos usos… diagnósticos conocidos, insuficientemente resueltos por pereza y desidia.

Respecto a las políticas hídricas, que forman parte de la transición ecológica, ocurre como con las de vivienda y educación: requieren estrategias a largo plazo, a más de dos legislaturas y, por eso mismo, pasan a la carpeta de asuntos que no interesan porque no dan redito electoral a corto plazo. Pero si sabemos que su reportan costes electorales cuando el fantasma de la “pertinaz sequía” vuelve a primer plano advirtiendo cambo de ciclo político. En breve la sequía ocupará el discurso de Sánchez con un discurso a su estilo, yo no he sido, que ha sido mi vecino.

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