Impuestos (2) y el pensamiento desordenado

Pedro Sánchez, en el balance del semestre presentado en La Moncloa donde habló también de impuestos

EUROPA PRESSPedro Sánchez, en el balance del semestre presentado en La Moncloa

El balance de fin de curso presentado por el presidente del gobierno el pasado viernes se inscribe en la retórica habitual de Pedro Sánchez: reiterativa, reivindicativa, asertiva, audaz y desordenada. Dejó algunas piezas para el análisis de lo que algunos llaman “pensamiento desordenado” que incurre con mucho aplomo en inconsistencias, afirmaciones que se no corresponden con la realidad, erróneas atribuciones a terceros… en resumen, un caso para el asombro.

Desde la Moncloa, como desde cualquier jefatura de gobierno, la capacidad para proponer medidas y formular análisis, es potente. Los servicios dedicados a analizar y redactar medidas son abundantes, están equipados y disponen de información de primera mano para formular políticas coherentes, aunque también discutibles.

Suele ocurrir que este gobierno, en concreto el presidente, anuncie medidas insuficientemente preparadas que luego hay que articular a martillazos. Ocurrió durante la pandemia con muchos decretos y anuncios que luego se matizaban y transformaba. Y está ocurriendo ahora con las medidas contra la inflación y los riesgos de recesión. También es habitual el optimismo en los pronósticos, y la satisfacción por la eficacia de todas las medidas adoptadas. Es un gobierno habituado al “sin precedentes” como calificativo para calificar su desempeño.

Lo más sustancioso de las últimas intervenciones de Pedro Sánchez viene con la apelación a que algunos, especialmente los que el gobierno considera adversarios (la oposición, los grandes empresarios…) tienen que “arrimar el hombro”, un concepto popular de significado ambiguo. Me pregunto, ¿cómo arriman el hombro los altos cargos, con buenos salarios, mediante contribuciones o ahorros propios y específicos?

Zarzalejos en su análisis del caso apunta que Sánchez inauguró el viernes el “chavismo a la española”. Me parece excesivo, aunque abunden en el entorno de los que inspiran al presidente personas muy comprensivas con el desastre chavista. Pero imaginar ese modelo para España en Europa es inviable. No es el chavismo lo que anima al presidente, más bien me parece víctima de un pensamiento desordenado que no distingue causas de consecuencias, que es víctima de tópicos y ofuscaciones de facultad; que no tiene ni las ideas claras, ni conciencia de las consecuencias no buscadas.

Me llama la atención la confusión que el doctor Sánchez padece acerca de la naturaleza de los beneficios empresariales que confunde con los ingresos de los propietarios capitalistas o de esos ejecutivos de grandes empresas a los que desprecia.

Cuando una empresa obtiene beneficios (una necesidad más que un objetivo) a la mesa se sientan varios actores dispuestos al reparto. El primer actor es Hacienda que se lleva la primera loncha del salchichón, además con anticipación, mediante ingresos a cuenta. Un segundo actor es la propia empresa que retiene parte de esos beneficios (a veces por obligación) para reforzar sus recursos propios e invertir sin endeudarse. Esta parte fue a la que refirió el consejero delegado del banco Santander cuando dijo que si reduce los beneficios (y las reservas) reducirá la capacidad de prestar. Una afirmación que ha irritado al presidente hasta el punto de que erró en la atribución de la crítica y en su comprensión (pensamiento desordenado). El tercer invitado a los beneficios es el capital, los accionistas que reciben dividendos como retribución a su ahorro. Dividendos que interesan también al fisco que se queda con una parte. Reducir los beneficios mediante exacciones especiales, (multas disfrazadas de pseudo-impuestos) perjudica a todos esos participantes en el reparto.

Los beneficios en la teoría económica antigua eran el objetivo final de la empresa; en realidad ahora se trata más bien de una necesidad, sin beneficios no hay inversión, ni empleo, ni crecimiento. Pero el pensamiento desordenado no capta esos matices para deslizarse a lo que Zarzalejos llama “bolivarianismo”. Es peor que eso, es inconsistencia populista.

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