Contra la inflación… más impuestos

Primera jornada del Debate sobre el estado de la Nación

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Los libros de texto de economía tienen un epígrafe para añadir al capítulo sobre la inflación: el dictado por el doctor Pedro Sánchez ante el Parlamento. Después de advertir que la inflación (10% tasa anual) es el problema más inquietante para el gobierno desplegó una serie de medidas antiinflacionistas con nuevos impuestos sobre los beneficios extraordinarios para la banca y las energéticas. Se explica la preocupación del presidente del gobierno por la influencia de unos poderes oscuros, no concretados hasta ahora, a los que se ha referido en sus últimas intervenciones públicas. Está claro que son los bancos y las energéticas a las que castiga con impuestos específicos con los que espera recaudar del orden de 3.500 millones de euros al año durante los próximos dos años.

Esa ha sido la medida sobresaliente del momento para una estrategia contra la inflación; las bonificaciones al transporte público o la ampliación de las becas son de orden menor. Los incrementos de impuestos (sin olvidar lo que supone no actualizar las tarifas para compensar el efecto de la inflación) más bien parece un castigo a quienes el presidente percibe como adversarios que una medida antiinflacionaria.

La teoría económica dice que aumentar los impuestos no es buena receta contra la inflación, la naturaleza del impuesto es la de un precio y un coste que repercute en el precio final. Es cierto que los impuestos son el precio del vivir civilizado y que por eso los impuestos tienen que ser suficientes para atender los gastos de esa civilización.

Sorprende que en el paquete de medidas contra la inflación, que el portavoz del PNV califica de improvisadas y poco articuladas, no vayan incentivos al ahorro energético para reducir la dependencia y sus perversos efectos sobre la balanza de pagos. España tiene un futuro energético esperanzador con suministros más limpios, más seguros y más baratos en un futuro, con el horizonte del fin de la década. Pero para llegar a ese óptimo hay que invertir mucho en las energías alternativas y abordar el período de transición con inteligencia, con políticas de ahorro y eficiencia. Y de eso hay poco en los sucesivos decretos de urgencia aprobados por el gobierno.

La relación intelectual del discurso gubernamental con el concepto de beneficios empresariales merece alguna reflexión y más explicaciones. Fue un líder socialdemócrata alemán es que estableció la ecuación de que los beneficios de hoy son la garantía de las inversiones de mañana y del empleo de pasado mañana. Sin beneficios no habrá inversión que es imprescindible para la transición energética. Rechazar, castigar, los beneficios es dispararse al pie cuando hay que empezar a caminar. Pedro Sánchez lo sabe, lo ha estudiado, es de sentido común, por eso sorprende su incómoda relación con el beneficio. El mensaje que reciben los inversores es que en cuando aparezcan beneficios el gobierno se afanará en apropiárselos. Un mensaje peligroso que se traduce en primas de riesgo.

La receta contra la inflación no va por aumentar los impuestos; hay otras medidas conocidas que son más eficaces y que además contribuyen a garantizar recaudación de forma sostenida.

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