Subsidiar, opción de urgencia con riesgos

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Huelga transporte

La crisis que más se parece a la actual, aunque la historia no se repite, fue la de 1973 cuando los exportadores árabes de petróleo decidieron utilizar el barril como arma de guerra contra occidente y, en concreto, Israel. El encarecimiento del petróleo, insustituible e indispensable para todas las economías avanzadas, impuso una crisis de costes y de oferta sin precedentes. Las crisis de oferta acarrean inflación, reducen el crecimiento y amenazan estanflación. Las crisis de oferta castigan a todos los agentes económicos, a las familias y a la industria, más a los que no pueden defenderse ni anticiparse. La salida de esa dinámica pasa necesariamente por asimilar los nuevos costes, internalizarlos, que puede hacerse con celeridad o poco a poco. La primera opción es más costosa ya que impone sacrificios inmediatos pero se sale antes con más capacidad; la segunda permite disimular, dar una patada adelante para que pague el siguiente. La segunda es propia de políticos cortoplacistas e irresponsables; generalmente de gobiernos débiles.

El año 1973 en España agonizaba el franquismo, gobierno muy débil, y ante la crisis se optó por el disimulo, patada adelante hasta que escampara. El país perdió competitividad, perdió convergencia con los vecinos, y perdió oportunidades. Se perdió mucho empleo y bastante industria y la salida de la crisis se largó en el tiempo. Los Pactos de la Moncloa pararon la caída pero la recuperación no llegó hasta 1985, que contó además de fortalezas internas (se había tocado fondo) con el beneficio excepcional de la integración en Europa, ¡una bendición!, el dividendo de la democracia.

La pandemia y ahora la guerra de Ucrania con su impacto (previo y posterior) en los precios de materias primas muy rusas (petróleo y gas) ha creado una nueva crisis de oferta que impone alta inflación, bajo crecimiento y pérdida de competitividad, es decir cierre de empresas y pérdida de empleos.

Para responder a esta crisis hay que empezar por sostener el tejido productivo con inteligencia. Escudo social pero también sensibilidad para internalizar los costes, que en este caso tiene mucho que ver con la transición energética que busca reducir la dependencia por razones ecológicas y estratégicas.

La estrategia del Gobierno español discurre hasta ahora por la opción de subvencionar a todo aquel que lo reclame con intensidad inquietante. Es una respuesta urgente, pero insuficiente y sin futuro salvo que se adopten medidas para internalizar los costes. Subvencionar el gasoil puede parar la huelga pero no resuelve el problema de los costes reales de los carburantes. La economía española sufre de debilidades estructurales fundamentalmente porque no se han hecho las reformas necesarias para ganar competitividad.

Reformar supone cambiar y eso duele de entrada; nadie quiere cambiar salvo para mejorar de inmediato. Utilizar el paliativo de las subvenciones para facilitar la transición requiere que el Tesoro disponga de recursos. Y en eso vamos mal ya que la deuda está en zona de peligro y el déficit también.

El Gobierno no explica lo que impone una crisis de oferta, no explica cómo se reparten los costes, ni siquiera explica que hay costes. Así no obtiene confianza ni siembra esperanza. Se parece al gobierno tardofranquista que se estrelló con la crisis de los setenta y la manejó de mal a peor.

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