Al Gobierno le vencen demasiadas letras

El Pleno celebra este miércoles la Sesión de Control al Gobierno con las preguntas de los grupos parlamentarios y el debate de cuatro interpelaciones urgentes y una moción consecuencia de interpelación urgente.

Congreso.esNadia Calviño

Es como una junta de acreedores, que nunca llega en buen momento. Al Gobierno le vencen demasiadas letras para las que anda corto de liquidez, es decir de votos y apoyos parlamentarios y sociales. La sesión de control semanal en el Congreso acreditó la soledad y, sobre todo, la sensación de incomprensión, de fatiga mental y de sorpresa de un presidente del Gobierno sobrado de autoestima. Nada indica que vaya a caer el Gobierno, los socios saben que mantenerlo es la mejor de sus alternativas, pero la debilidad es manifiesta. Sería soportable, lo ha sido hasta ahora, en etapas de razonable inestabilidad, pero la actual no lo es, más bien de radical inestabilidad, frente a la que hay que ofrecer liderazgo, credibilidad, decisiones. Pero este Gobierno va mal en todo ello.

El pasado otoño, con la escalada del precio del gas y su impacto en la electricidad por el sistema de fijación de precios mayoristas, el gobierno pudo haber planteado un plan de emergencia para contener el IPC y sus perturbadores efectos en el sentimiento de los consumidores. No lo hizo, ni siquiera trató de rectificar el método de cálculo del IPC que ha añadido más de un punto artificioso, parcial e irreal al índice.

El Gobierno no entendió que la escalada del IPC en otoño requería actuaciones y explicaciones. Arrastró los pies hasta recortar la fiscalidad, una medida correcta pero tardía y mal explicado. Tampoco fue sensible al impacto del precio del gas tanto en las familias como en la industria. El remate llegó con la escalada del barril de petróleo y su impacto en los precios de los carburantes, tan sensibles o más que la electricidad para los agentes económicos.

Como el Gobierno no reaccionó ante estas escaladas de precios escudándose en la regulación europea, tropieza ahora con un malestar social que se expresa en huelgas (o paros patronales, que tanto da) que se justifican por el malestar social. Huelgas estratégicas que rompen la cadena de abastecimiento y complican el día a día de una ciudadanía cabreada.

El Gobierno no tiene la culpa de todo lo que ocurre, pero acaba siendo responsable para convertirse en blanco de todas las críticas por insensible o incompetente o carente de diligencia o mala suerte. Al presidente le sobra autoestima y le falta nariz para captar la orientación de la opinión pública.

Los huelguistas del transporte han visto que están ante la oportunidad para “pedir todo” (lo decía uno de ellos a las cámaras de televisión), es su momento. Y el gobierno solo promete que va a dialogar para repartir, para subsidiar (forma parte de su forma de entender la política: gastar) sin ejercer un liderazgo efectivo, moral, realista. La factura energética no es negociable, ni electiva, hay que ser capaz de repartirla. Pero para eso hay que gozar de credibilidad, inspirar confianza, tener bien ordenadas las letras pendientes. Este Gobierno no las ha ordenado, le vencen cada día y no acierta a atenderlas.

Ahora a esperar a ese prometedor a ese martes 29 de marzo en el que el consejo de ministros va a desplegar un milagroso plan de actuación que satisfacer las expectativas de la ciudadanía.

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