Intervenir o liberar el precio de la luz

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Para definir el precio de la electricidad hay que utilizar el concepto de tarifas, ambos se parecen, pero son distintos. Los precios se fijan en el equilibrio entre el que vende y el que compra; las tarifas las fija un tercero, generalmente un regulador o el gobierno que sustituyen por diversas razones a los protagonistas del intercambio. El mercado de la electricidad es complejo y está sometido a intervenciones públicas en todas sus fases, desde la producción a la distribución y a la comercialización. Incluso más allá.

Es difícil imaginar un mercado libre para la electricidad, entre otras razones por su complejidad y por su carácter estratégico. El objetivo óptimo es que el usuario disponga de flujo eléctrico cuando lo precise, en cantidad y en calidad. El usuario, sea doméstico, comercial o industrial, espera tocar el interruptor en cualquier momento y que la luz se haga. Y en muchos casos que se haga con estabilidad, sin cortes ni intermitencia.

En todos los países la electricidad está sometida a intervención pública intensa, en todas las fases del proceso. La intervención utiliza distintos recursos, desde el ordeno y mando (para eso está el BOE) hasta sistemas híbridos en los que interviene el mercado en sus distintas manifestaciones.

En el caso español las intervenciones vienen en distintos escalones, desde las directivas de la UE que tratan de sostener un sistema (mercado) europeo con tendencia a cierta homogeneidad y seguridad. Ahora, tanto los hogares españoles (familias) como el comercio y la industria tienen que soportar la incertidumbre de unos precios (tarifas) al alza, inestables y, en ocasiones, insoportables. Son tarifas que integran impactos de regulación y también de mercado.

El cliente final se ve sometido a decisiones inciertas. Por ejemplo, para los hogares hay dos mercados definidos y alternativos, mal llamados regulado y libre, pero ninguno es plenamente libre ni plenamente regulado. Tienen algo de cada método. El regulado lo está con referencia a un precio horario de mercado marcado por el sofisticado mercado mayorista que utiliza un modelo marginalista que fija el precio por el último sistema que vierte kilovatios a la red. Un sistema que trata de estimular la producción más barata pagándola con una prima, al precio de la fuente más cara.

El sistema libre pasa por buscar el mejor precio en un mercado con bastantes ofertantes que suelen fijar precios fijos para un período de tiempo que va de uno a cinco años. A lo largo del periodo se puede cambiar de proveedor, lo cual traslada deber de información y consulta a los consumidores. Se puede optimizar el precio cambiando de proveedor, pero parar eso hay que buscar la información y de cierta maña para encontrarla. No es complicado, pero hay que dedicarse a buscar lo mejor. Las diferencias entre el precio de uno u otro mercado y de uno a otro proveedor son apreciables, especialmente en tiempos de alta volatilidad del precio mayorista y de las materias primas, desde el pasado verano.

En esta tesitura el vector de actuación puede ir en el sentido de más regulación, incluidos precios máximo e impuestos extraordinarios (el impuesto es un precio obligatorio); o algo de libertad de mercado, más simplicidad y más transparencia. La música que suena es la de más regulación que propicia la apariencia de que se hacen cosas. En esas estamos desde otoño con pobres resultados.

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