Desdramatizando el IPC

Los datos del IPC de los últimos seis meses han entrado como un obús en los sentimientos y expectativas de los agentes económicos y, especialmente, en las familias, la ciudadanía y la opinión pública. Si atendemos a los informativos de todas las televisiones, incluidas las más gubernamentales, resulta obvio que estamos ante una escalada generalizada de precios y costes, que amenazan la subsistencia de algunos sectores, desde el agrario al industrial, y el precario equilibrio financiera de las familias. Todo es más caro, la plaza y los suministros, y los salarios más magros.

Para acreditar esa tesis uno de esos informativos señalaba este fin de semana que mientras los salarios han subido (media de convenios) un 1,55% este año, el IPC interanual de noviembre escala al 5,4%. Datos ciertos, pero no uy bien relacionados ya que no corresponden a la misma secuencia estadística. No es lo mismo una tasa anual media que una interanual, pero el efecto emocional es concluyente: somos más pobres, perdemos capacidad adquisitiva. Y para completar el cuadro basta con acercar los micrófonos a los mercados y enseñar carteras vacías de las personas que van a comprar y escuchar que todo (todo) es más caro y que es imposible llenar el carro de la compra.

Si nos atenemos a los datos de detalle del IPC que detecta y calcula el INE en una muestra de 177 municipios, con 479 artículos relacionados y 220.000 muestras reseñadas ni todo es más caro, ni la cesta de la compra se ha disparado.

Si nos referimos a los datos de este año existen dos epígrafes de encarecimiento llamativo: aceites y grasas que este año aumentan sus precios en un 22%, pero que contemplados en la perspectiva de los últimos cinco años (base 2016) dejan ese aumento en una tasa más modesta: 3,1%. Frutas frescas que este año se encarecen un 13,6% (el 30% durante el quinquenio). Ambos epígrafes han contribuido con cuatro décimas a la escandalosa tasa interanual de octubre: 5,4%.

Más importante es el caso de la electricidad y los carburantes, que son a lo largo del último semestre los acelerantes del IPC. Los precios de la electricidad se han encarecido este año un 36% (37% durante el quinquenio) y son responsables del casi la mitad de la subida del IPC interanual (2,4 puntos de los 5,4). En este caso hay una importante nota a pie de página, el sistema de cálculo de este índice es deficiente en estos momentos ya que se anotan solo los precios del mercado regulado que se refiere al mercado spot de la electricidad, pero afecta solo al 40% de los hogares. No se puede cambiar el sistema de cálculo por razones coyunturales, pero no se puede obviar la debilidad del dato. Los carburantes (petróleo) son el segundo gran causante de la subida de este año. De los 5,4 puntos este epígrafe supone 1,36 puntos.

De manera que descontados estos dos impactos, el IPC interanual se queda en el 1,6% que es coherente con los objetivos de la política monetaria de la última década, la de la inflación controlada.

A la fecha no hay incremento generalizado de precios y costes; hay una crisis energética que requiere gestión y políticas inteligentes, pero no una corrida generalizada de expectativas que provoque una inflación artificiosa y perversa.

Que estos argumentos no sean esgrimidos por las autoridades, del presidente a la vicepresidenta y hacia abajo en la escala, es incomprensibles. Y que la oposición entre en la escala inflacionista más aun, si cabe. Otro caso es el de las televisiones tentadas siempre por el sensacionalismo del desastre inminente.