La sobrevaloración de las previsiones

La prognosis es un arte, más que una ciencia, complicado; pronosticar tiene algo de adivinación por más que acumule experiencias y técnicas refinadas. Pronosticar el tiempo es cada día más preciso, sobre todo a corto plazo, porque han mejorado las técnicas de observación y de análisis. Pero aun con eso hay fallos y cisnes negros, imprevistos imprevisibles. Pronosticar la evolución de la economía es aún más complicado porque el comportamiento de los agentes económicos es tan complicado o más que la meteorología.

Por eso conviene tomarse las previsiones económicas con cautela, sin sobrevaloración ya que no son nada más estimaciones con probabilidades inciertas. Más aun cuando las previsiones son abundantes, varias al día, y vienen rubricadas por firmas de mucho impacto y autoridad. El FMI, el banco Mundial, la OCDE, la Comisión Europea, los bancos centrales, los departamentos de análisis de bancos privados, empresas de rating, institutos de análisis, universidades, patronales, sindicatos… todos disponen de expertos con sus modelos predictivos más o menos afinados que publican informes con pretensión de ser atendidos y replicados. Además, la búsqueda de atención empuja hacia excesos y extravagancias que luego sirven para obtener objetivos alternativos; por ejemplo, para la crítica política inclemente o el elogio injustificado.

La Comisión Europea publicó ayer sus previsiones, suele hacerlo cada trimestre, sobre las economías de los países de la Unión con uno datos para España poco favorables. De ser una de las economías que más crecen hace poco, pasamos a una de las que menos crecen. Lo de antes servía al gobierno para sacar pecho y justificar su política; y lo de ahora permite a la oposición justificar sus críticas y una visión catastrófica.

Ni tanto ni tan calvo, ni el optimismo de hace pocos meses ni el pesimismo de esta semana están justificados. Las previsiones son solo eso, con mucho margen de error. Por eso hay que analizarlas con cautela y prudencia. Los datos económicos tras la pandemia, sobre todo las estimaciones requieren más cautela aun ya que se notan contradicciones e inconsistencias en los datos que aconsejan revisar los procedimientos y contener la ansiedad.

Entre las estimaciones anticipadas y las posteriores revisiones con datos más consolidados y fiables hay grandes diferencias. Los datos de empleo casan mal con los aumento del PIB; los datos de recaudación no comparan bien con los de actividad.

La Comisión Europea ha rebajado en punto y medio las estimaciones de crecimiento de España para este año que casi se ha acabado. Si en julio estimaba un 6,1 (por debajo del objetivo del gobierno), ahora lo rebaja al 4,5%. Demasiado ajuste. Una discrepancia que invitada a la duda y a tomar los datos (estimados) con pinzas. Sobrevalorar las estimaciones y trasladarlas al debate político puede hacer mucho ruido, pero con pocas nueces; con conclusiones averiadas que no sirven para saber dónde estamos ni adónde vamos.

La economía española no está tan pujante como dice el presidente del Gobierno y los editoriales de El País, pero tampoco tan descarriada como aprecias el ABC o El Mundo. Las previsiones solo son apuntes estimativos que no conviene elevar a categoría de verdad revelada.