La elegancia del catastrofismo 

La gente de las televisiones dice que va bien para la audiencia, que el catastrofismo vende. Las piezas en los informativos sobre la subida de precios, la inminente escasez, la ruptura de las cadenas de suministro, los problemas del gas, el próximo apagón… forman el núcleo central de los noticiarios. Sobre la subida de precios de los productos de supermercado nadie mejor que los ciudadanos a pie de mostrador: “todo sube… mucho más la pensión o el salario”. La evidencia empírica de personas animadas por un micrófono es más potente que cualquier estadística bien documentada. Suben los precios y, además, vienen tiempos de escasez. Ese es el editorial implícito en los informativos, justificado, sobre todo, porque ese tipo de noticias interesan, generan atención e incentivan el malestar.

Si a eso añadimos que la ministra de Defensa austríaca advierte a sus cuarteles que tienen que lograr independencia energética por si viene un apagón el síndrome catastrofista está servido… Y como consecuencias las ferreterías y equivalentes agotan la existencia de infiernillos a gas que permitirán cocinar cuando llegue el apagón… y la catástrofe consiguiente.

El temor al corte inminente de suministro de gas en España gana adeptos a pesar de las “garantías” que declaran las autoridades (poco creíbles) tras las visitas ministeriales a Argel. Que los responsables y expertos en energía, en concreto gas, argumenten que hay contratos que garantizan el suministro por tubería o por barco metanero, no disipa la desconfianza de la ciudadanía, más crédula de las catástrofes que de la normalidad.

El gobierno no supo valorar ni prevenir los efectos de la subida de los precios mayoristas de la electricidad; llegó tarde y mal al problema y percibe ahora unas consecuencias inesperadas e imprevistas que complican las expectativas económicas y sociales.

Los camioneros, eslabón muy sensible de la distribución, amenazan con movilizaciones incluida la huelga que siempre tiene efectos perversos que producen más malestar. Hay tiempo para evitar ese conflicto, pero no está nada claro que haya maña e inteligencia política para evitarlo.

Predicar catástrofe es elegante, forma parte del discurso admonitor, asertivo, de gente enterada que sabe lo que va a pasar y no tiene pelos en la lengua. Gusta a la audiencia instalada en su sala de estar o en la barra del bar. Las situaciones personales de la mayoría son buenas o razonables, pero la general es catastrófica. Para rematar la joven Greta insiste en el próximo fin de Planeta y los telediarios se rinden ante la joven pitonisa.