Urkullu se apunta a la madrileñofobia

El presidente del gobierno vasco es el último que se apunta a la madrileñofobia, una corriente catalana a la que se van uniendo lideres políticos de otras comunidades que caen en la tentación de señalar al vecino como culpable de sus males (el síndrome del chivo expiatorio) evitando así debatir sus propios problemas.

Lo de Urkullu tiene características singulares ya que hasta ahora los peneuvistas han evitado las controversias fiscales del territorio no foral. ¿Por qué se apunta el dirigente vasco a ese club? Es obvio que tuvo en cuenta que a renglón seguido llegarían las acusaciones de que el Concierto, y más aun el Cupo, constituye el privilegio fiscal más sobresaliente del complejo sistema fiscal español.

Cabe discutir que el sistema foral no implica un privilegio, hay muchos argumentos en contra y les hay que explican que el peculiar sistema vasco (y navarro) es más eficiente que el de territorio común, que consigue una gestión más directa con menos fraude. También hay argumentos que sostienen que el privilegio vasco no está en el Concierto, que debe ofrecer una fiscalidad equivalente a la de otros territorios, sino en el cálculo del Cupo que se concreta en una opaca negociación política con el gobierno español.

El lendakari ha utilizado un concepto (dumping fiscal) impropio de una persona moderada como pretende ser. Dumping significa abuso ilegal, y la fiscalidad que tienen los madrileños no tiene nada de ilegal, es plenamente legal y puede ser replicada y acentuada por las demás comunidades autonómicas si lo aprueban sus parlamentos.

Lo que hay detrás de las críticas al sistema fiscal madrileño va más allá del recelo a la capital de la nación del resto de los territorios, abre una tendencia primaria, bárbara, de señalar enemigos exteriores. Pretenden algunos comentaristas, especialmente catalanes y valencianos, que hay fuga de ricos hacia Madrid para aprovechar los tipos más bajos del IRPF (de uno a cuatro puntos) y la neutralización de los impuestos de sucesiones y del patrimonio. Cuando se han concretado las cifras de esas presuntas fugas los datos son poco relevantes y dan de lado que el imán madrileño tiene más razones que las fiscales, cuentan también factores culturales y de vida cotidiana; la madrileña es una sociedad inclusiva, plural, abierta y viva. Y eso cuenta, aunque es difícil de medir. Las ventajas de capitalidad que tanto esgrime el presiente valenciano vienen de muy lejos, de los Austrias del SXVII, acentuadas por el centralismo borbónico. El estado autonómico ha matizado buena parte de esos beneficios. Sin perder de vista que capitales como Barcelona o Valencia también gozan de esos beneficios de capitalidad.

Otra cuestión es que los madrileños, y más en concreto el gobierno regional, deben tomarse en serio esta madrileñofobia sobrevenida y evitar que se propague. Se trata de enfatizar el carácter integrador de Madrid, evitar cualquier sesgo de superioridad e intensificar la cooperación efectiva con el resto de España. Lo de Urkullu es un aviso, muy descarado, oportunista, pero hay que tomar nota y responder con inteligencia.