Si los diputados votaran en conciencia…

El Congreso recibirá en audiencia a los juristas elegidos por Pedro/Félix y Pablo/Teo, gerifaltes de los dos partidos mayoritarios y necesarios, para ocupar los cuatro puestos vacantes en el Tribunal Constitucional. Y a renglón seguido los diputados votarán disciplinadamente para que la propuesta logre lux verde con mayoría cualificada de 3/5, es decir 210 diputados, los que suman los grupos coaligados en el Gobierno y el Partido Popular. Todos los votos son imprescindibles para bendecir el dedazo de los jefes.

Es sabido que el mandato de los diputados es personal y que no están sometidos a disciplina de partido, salvo ara evitar consecuencias del tipo de no volver a ser presentados en una lista. Las indisciplinas de voto han sido excepcionales en la historia de la democracia, pero hubo algunas significativas; por ejemplo, la de la actual presidenta del Congreso en uno de los momentos convulsos del PSOE-PSC. Para designar candidatos a órganos institucionales e independientes no se recuerda situación de indisciplina.

Ahorra los diputados tienen una oportunidad para actuar en conciencia, para determinar si la propuesta de sus jefes es la adecuada. Solo los proponentes, es decir Pedro Sánchez y Pablo Casado han calificado a los candidatos como los adecuados, los que responden al mandato constitucional. El resto de voces autorizadas discrepa, estos cuatro candidatos no son los más adecuadas, todos ellos salen mellados de la prueba de independencia acreditada e incluso de la de prestigio profesional.

El caso del candidato Enrique Arnaldo (quizá el de mejor perfil profesional) es el más llamativo en cuanto a independencia dudosa, sus relaciones y complicidades con el Partido popular son tan notarias que debían haberle apeado de la lista de elegidos. Tampoco los candidatos socialistas pueden lucir por sus méritos, el mayor es la complicidad ideológica, son candidatos afines y por eso ismo debían haber sido descartados.

La decisión está ahora en manos de los 210 diputados socialistas, populares y del grupo Unidos-Podemos. Todos ellos tienen que asentir a la petición de sus jefes con una disciplina de partido que se pone por encima de sus convicciones personales. Una práctica prototípica de las democracias averiadas, de baja calidad. La ministra de Justicia que viene acreditando poco tino en sus comentarios públicos, destacaba ayer el valor del consenso con manifiesta confusión entre medios y fines. La negociación y el consenso no son buenos en sí mismos, son instrumentos útiles, pero no objetivos finales.

El objetivo es designar para el Alto Tribunal, intérprete de la Constitución, freno a los abusos del estado de derecho, a personas de profesionalidad e independencia. Y ese objetivo se ha dado de lado en este caso. El consenso produce un resultado mediocre cuando lo importante es el resultado, más que el procedimiento. La ministra de justicia muestra ese pensamiento desordenado que enturbia la política.

Si los diputados votaran en conciencia la propuesta partidista de renovación del Constitucional fracasaría y abriría el camino para algo más constitucional.