El Papa y los homosexuales, leves avances

La entrevista que el Papa Francisco concedió a Carlos Herrera hace pocos días puso de manifiesta un ser humano, trasparente por su edad, por el evidente agotamiento físico; un Papa sincero en sus juicios e incluso atrevido y poco prudente en cuestiones políticas nacionales. Acreditó una mediocre y parcial información política atribuible a sus colaboradores, incluidos los cardenales españoles a los que escucha. Por ejemplo, fue desafortunada la vinculación de la cuestión catalana con las reyertas civiles de los españoles. Los conflictos que desencadenaron guerras civiles en el XIX y el XX (incluido el terrorismo etarra) contaron con una activa participación de la jerarquía católica, un dato que el Papa no tuvo en cuenta. Más responsabilidades ha tenido la Iglesia católica, su jerarquía, en los conflictos entre españoles que la identidad catalana.

El Papa Francisco no fue prudente al sobrevolar las cuestiones políticas nacionales, pero tuvo la modestia de reiterar que su actuación como líder de la Iglesia no respondía tanto a un designio personal, a una hipotética infalibilidad, cuanto a las indicaciones de los cardenales expresadas antes y durante el Conclave. Una visión colegial, compartida, un mandato que no ha sido ni frecuente ni explícito.

Durante su viaje a Hungría y Eslovaquia Francisco ha avanzado criterios personales sobre cuestiones sensibles que traen de cabeza a los católicos. En concreto la cuestión de la homosexualidad. Tiempo atrás ya advirtió: “quien soy yo para juzgar” sobre esas cuestiones, comentario que hizo temblar algunas conciencias intolerantes del Vaticano y aledaños. Ahora ha dado otro pasito adelante al reclamar respeto a la legislación civil sobre las uniones homosexuales, reservándose únicamente (aunque de forma gratuita) la condición de familia a la unión entre personas de distinto sexo.

No debe ser fácil para personas de mucha edad rectificar ideas asumidas durante demasiado tiempo. La jerarquía de la Iglesia es monolítica en su estructura mental y psicológica, de manera que rectificar posiciones históricas les resulta indigerible. Otro tanto pasa con respecto a las mujeres, cuestión que bloquea la reflexión y el principio de igualdad a los dirigentes de las iglesias del libro. Ni cristiano, ni judíos ni musulmanes han sabido entender que las mujeres no son menos ni diferentes, que tienen todos los derechos y deberes de los hombres.

Sexo y mujer son conceptos que la jerarquía católica no es capaz de entender y conjugar. Francisco llegó al papado para reformar y para meter en disciplina y razón a una jerarquía desordenada e intolerante. Algo ha hecho, seguramente poco, pero ha llegado hasta donde ha podido. Francisco puede reivindicar la viaja pretensión de Max Aub: “hice lo que pude”.