Deslizamiento iliberal de Ayuso… y otros

Hay varios medidores de la calidad democrática de un país, entre ellos cuenta siempre la independencia de la justicia, y también el imperio de la ley, el respeto a las minorías, el pluralismo de los medios de comunicación y la profundidad de la libertad de expresión; también el ejercicio moderado y contenido del poder. El análisis del contraste de pareceres en los medios es un termómetro eficaz del grado de democracia, y en ese ejercicio el papel de los medios públicos (donde les haya), fundamentalmente audiovisuales, es un capítulo esencial.

El gobierno de Madrid, muy identificado con su presidenta Ayuso, funge de liberal, partidario de la iniciativa privada y los impuestos bajos, pero no llega mucho más lejos ya que no se para en barras a la hora de ocupar espacio público con designaciones marcadamente partidistas (al igual que el gobierno Sánchez que ocupa todo el espacio público con sus deudos y afines) y se comporta frente a los medios con poco respeto y grosero intervencionismo y partidismo.

El hecho de que una de las primeras iniciativas del gobierno madrileño haya sido la intervención por decreto de Telemadrid le sitúa en el bando iliberal que caracteriza a los gobiernos húngaro y polaco, anclados a la derecha más ultra que les coloca extramuros de los compromisos europeos con los principios democráticos.

La intervención de Telemadrid se ha hecho con un descaro y unas formas inquietantes. Estilo Ayuso, rompe y rasga, aquí te pillo aquí te mato. La designación del nuevo administrador de Telemadrid copia el modelo Sánchez de hace tres años, pero con más desvergüenza, arrollando y sin disimulo alguno. Colocan al frente de la televisión pública madrileña a una persona de reconocida filiación partidista con biografía complicada y muy mediocres resultados de gestión durante sus mandatos al frente de la RTVE y la propia Telemadrid.

Los conflictos internos en Telemadrid están garantizados, salpicarán, para mal, al gobierno y a su presidenta que va a obtener poco rédito de la intervención. El poder de la televisión suele trastornar a quienes aparecen en pantalla, que corren el riesgo de levitar y perder su propia identidad, pero apasiona y ofusca a los quieren salir, a los que quieren que el espejo les devuelva la imagen que tienen de si mismos. Imaginan que así ganarán votos, lo cual es dudoso. Suele ocurrir que los que se jactan de liberalismo lo sean solo de boquilla.

Más inquietante es la tentación irresistible de los ejecutivos a ocupar todo el espacio de poder, a no someterse a contención, a acercarse a los modelos iliberales.