Grandes empresas infectadas por Villarejo

Durante las dos últimas décadas, por razones muy sólidas, las grandes empresas de todo el mundo, incluidas las españolas, han mostrado interés en la mejora de su modelo de gobierno, lo que ahora se llama “gobernanza”. Abunda literatura académica, recomendaciones de los reguladores, normativa legal en todos los ámbitos y compromisos explícitos de gestores y administradores bendecidos por los consejos de administración y las juntas generales. Es evidente que hay esfuerzo y avances en trasparencia, pero se mantienen zonas de sombra y dudas sobre la eficacia de lo actuado hasta ahora.

Las grandes empresas españolas, la mayoría listada en el IBEX35 (que es un índice, no un grupo de presión) hacen ostentación de sus avances en el buen gobierno y reiteran discursos, declaraciones y documentos para adverar esa tesis. El resultado es discutible, moderado; hay avances, pero no suficientes. De hecho, la reputación y la credibilidad ante la opinión pública no ha mejorado. No se puede negar que las exigencias tanto legales como sociales han aumentado y que el esfuerzo para satisfacer esas exigencias es real.

La prueba del algodón para verificar ese avance es la respuesta ante la adversidad, ante el error o las irregularidades. El que podemos llamar “caso Villarejo” con más de una docena de investigaciones judiciales que afectan a partidos políticos (el PP fundamentalmente) y a grandes empresas sirve de termómetro para medir el avance en la gobernanza de grandes empresas. La temperatura que sale es alta, la infección es grave, y la respuesta a la enfermedad es discreta. No explican, ni asumen responsabilidades, ni afrontan el problema con pragmatismo y con la ética mínima exigible.

Son media docena las grandes empresas infectadas por Villarejo y su trama de comisarios que responden al problema con una estrategia de escaqueo (elusión). Para empezar, niegan cualquier irregularidad, no saben o no contestan; luego contratan los bufetes más eficientes del mercado para enfrentarse a las investigaciones judiciales, que avanzan con lentitud pero con resultados amenazadores.

Algunos confiaban en la estrategia del juego del prisionero en su versión de que ambas partes consiguen ganar la partida, el comisario y sus clientes. Pero de lo que se lleva actuado el resultado es el contrario, ambas partes pierden, sus confesiones parciales, encaminadas a un acuerdo entre pillos, no funcionan; quedan demasiadas evidencias (agendas, escuchas…) condenatorias que engordan el problema.

En estos casos el paso del tiempo no cura, todo lo contrario complica los casos y aparecen figuras penales muy amenazantes para quienes lucir buen gobierno.