Sánchez y ERC operan bajo radar

La política nacional discurre por un cauce de confrontación y polarización que define dos bloques incompatibles. No faltan disensos internos en esos bloques, pero se apañan para evitar cualquier entendimiento interbloques. De lo poco a lo que ha sido fiel Pedro Sánchez es al lema NO es NO, para definir su relación con la derecha y el centro derecha. No al Partido Popular (ni para heredar) y un NO efectivo, aunque con disimulo con Ciudadanos.

La alianza del gobierno de coalición con el conglomerado Unidos Podemos es sólida y está a salvo de desavenencias, más aun cuando Yolanda Diez ha sustituido a Pablo Iglesias como interlocutora. Y la alianza complementaria con ERC y otros grupos nacionalistas (vascos, valencianos, gallegos, canarios) también goza de buena salud, aunque sus objetivos parezcan incompatibles.

La relación entre Sánchez y ERC es más sólida de lo que aparentan. Saben que deben disimular y sostener discursos divergentes por encima del radar público, pero con acuerdos sólidos bajo el radar. Sánchez necesita los votos parlamentarios de ERC y otros y ERC trata de construir un esquema pragmático, posibilista que les haga ganar espacio como fuerza hegemónica en Cataluña aislando a Juntos y Puigdemont.

ERC tiene que renunciar a la unilateralidad como alternativa a la independencia, pero necesita tiempo y resultados para convencer a sus bases electorales. Y Sánchez ha decidido otorgar a ERC ese tiempo y algunas bazas que sustenten una estrategia que Juntos x Cataluña y Puigdemont rechazan.

La conversación en la Moncloa entre Sánchez y Aragonés, con Junqueras al fondo, dio mucho más de sí de lo que trasladaron ambos a los informadores. Si fuera cierta la tesis de Aragonés (amnistía e autodeterminación) la reunión hubiera acabado en diez minutos y si Sánchez no hubiera ofrecido a Aragonés bazas razonables para encabezar el giro hacia una negociación posibilista tampoco hubiera durado tanto tiempo la conversación.

De manera que hay una política oficial controlada por el radar de la opinión pública y otra subterránea, bajo el radar, de la que no sabemos nada, ni agenda, ni interlocutores, ni plazos. El Partido Socialista se ha entregado a la estrategia de su presidente que reúne todos los poderes, más que ninguno de sus predecesores. Se han entregado con cláusula suspensiva no explicitada: siempre que siga ganando elecciones.

Tanto Sánchez como ERC saben que asumen riesgos, pero ambos confían en lograr una buena cosecha para sus electores. Los unos aspiran a más autonomía, incluida la judicial y un concierto fiscal, y el otro una recuperación económica que le lleve a ganar las siguientes elecciones.

Captar la realidad de la política española es cada vez más difícil, demasiados silencios, y demasiadas sombras. Domina la idea de que bien empieza lo que bien acabe.