Rechazar a Junqueras como interlocutor ni es coherente, ni es inteligente

Pedro Sánchez se considera valiente, determinado, se coloca en el centro de la historia para afrontar la cuestión catalana con voluntad de entendimiento y diálogo. Su gobierno cierra filas con él, y el partido socialista sepulta la disidencia y se entrega al líder. Los indultos, entendidos como oferta inicial de diálogo, no goza de aprobación mayoritaria de los españoles (aunque tras la presión sobre la opinión pública la decisión ha ganado algo en aceptación) pero Sánchez y su equipo confían en convencer a los renuentes por los resultados. Se aplica la lógica de la eficacia, bien empieza lo que bien acaba. Esa fue la reflexión que llevó al presidente de la CEOE a aceptar el pulpo como animal de compañía y bendecir los indultos si aportan normalidad, una condición suspensiva que debilita la proposición inicial, pero que sirvió a los partidarios de la medida para sumar voluntades. Otro sí para los obispos españoles que optaron por la ambigüedad para evitar confrontar con sus colegas catalanes.

Así están puestos los bolos: Sánchez quiere negociar con los independentistas, buscar escenarios de acuerdos, siquiera parciales, que eviten la fractura interna en Cataluña y de los indepes con el resto de españoles. Para apuntalas al presidente su ministro de Seguridad Social e Inmigración esgrime un argumento curioso: no podemos explicar el conflicto en los ámbitos internacionales así que hay que hacer algo.

De manera que vamos a conocer un ejercicio de diálogo y de negociación que merece la asistencia d ellos mejores especialistas en la gestión de conflictos. Desde la lógica de la técnica me llama la atención la exclusión de la mesa de Oriol Junqueras, líder indiscutible de ERC, principal partido independentista, con el argumento de su inhabilitación. En realidad esa inhabilitación es muy relativa ya que ejerce como líder efectivo de su partido, de manera que es un inhabilitado muy habilitado y poderoso.

Desde la ortodoxia de negociación se recomienda siempre negociación entre paritarios y apoderados; negociar con vicarios que necesitan trasladar a sus mayores las posiciones sirve para debilitar a la otra parte, para complicar la negociación. Sánchez va a hablar con Aragonés porque es presidente del gobierno catalán, pero es obvio que es vicario, que carece de autoridad para decidir, para alcanzar acuerdos. Otra cuestión es que el objetivo del diálogo y la negociación no vaya más allá del propio gesto y de ganar tiempo para esperar nuevos tiempos y circunstancias.

No sentarse con Junqueras, que es el principal, es perder oportunidades y otorgar ventaja a la otra parte. Si Sánchez se siente valiente y decidido, motor de la historia, tendría que ir a fondo, sin protegerse en burladeros aparentes. Otra cuestión es que al margen de la mesa oficial, de la fotos en la Moncloa o Pedralbes (cuando toque) existan otras mesas discretas y con interlocutores efectivos para buscar espacios de entendimiento para llegar a acuerdos trascendentes.

Esta crisis es política, la debe resolver la política, no el poder judicial ni tampoco el marketing y la apariencia. Política es lo que hicieron Suárez y Tarradellas, ¿están Sánchez y Aragonés en ese nivel? Lo sabremos pronto. Los indultos por utilidad pública no son coherentes con excluir a Junqueras de la negociación. Si quieren beber el cáliz, agoten el contenido.