Aplausos en el Congreso, ¡qué bochorno!

Las llamadas sesiones de control del gobierno en el Congreso son una mascarada, una engañifa, un pésimo espectáculo parlamentario. Resulta vergonzoso que personas que representan la soberanía nacional, y cobran por ello, se presten a ejercer de claque como si se tratara de uno de esos programas televisivos con animadores contratados para aplaudir cuando se les manda, a cambio de ver la tele por dentro, cobrar unos euros y recibir un bocata.

Los aplausos a los líderes antes o después de sus arengas parlamentarias no resisten el menor repaso de oportunidad o ejemplaridad. Aplauden al caudillo, con más o menos intensidad en función de la necesidad de pompa y vanidad de éste. Cada grupo, pequeño o numeroso, aplaude a su portavoz y la señal oficial lo refleja con diligencia y con el ángulo y sonido adecuado al número de aplaudidores. Es estéril, inútil, no aporta nada cierto, simple ejercicio de sumisión para garantizar que repetirán en la lista para la siguiente legislatura.

La sesión de control de esta semana con intervenciones de Sánchez y Casado, y luego de los portavoces independentistas, fue sonrojante. Diputados puestos en pie aplaudiendo a sus portavoces, incluso en el momento de sentarse en el escaño, en una etapa para la que cabe esperar recogimiento, inquietud y serenidad.

Los aplausos en sede parlamentaria deberían quedar limitados a momentos excepcionales que merecen reconocimiento y emoción; y no por indicación reglamentaria (que también) sino como resultado de una educación civil y democrática de todos los diputados, por respeto a su propia función. Alguno de ellos reconoce en privado que la disciplina del aplauso pautado les repugna, pero sería peor no aplaudir confundido en el rebaño ya que identificaría al disidente con el riesgo que comporta de indisciplina.

Deberían ser los propios lideres políticos los que invitaran a sus bases a la mesura y las buenas maneras; a no aplaudir a los suyos ni a patear al adversario. Las llamadas al orden de la presidencia a diputados como Matarí (le cita por ser frecuentes) dicen poco del diputado; les llaman “jabalís” por mal educados y “brutotes”; sospecho que no deben sentirse orgullosos, que no se pondrán como ejemplo ante sus familiares y amigos, que se justificarán por razones de necesidad, de peloteo.

Hay quien sostiene que el mejor Parlamento es el ruidoso, el del barullo libérrimo; que es el modelo británico. Me parece una sandez, el modelo ideal no es otro que el de la inteligencia, el de las maneras tan convenientes en la democracia, el del ingenio para elogiar y criticar, el del contraste de opiniones y no de los gritos y las descalificaciones gratuitas.

Estas sesiones de control son deprimentes, bochornosas, no añaden nada, no educan, no enseñan, no movilizan; solo acreditan los escasos que son estos lideres previsibles y ramplones.