¿Hasta cuándo la crispación?

El mensaje, el reclamo, la exigencia que desde instituciones a personalidades apela a los políticos de todos los partidos es unánime: entiéndase ustedes en algo; consensúen algunas políticas y estrategias; piensen en el bien común antes que en el interés de sus personas o partidos. Ese es el recado que dejó ayer la presidenta de la Comisión Europea al entregar a Sánchez, con muchas sonrisas mutuas, la aprobación del Plan de recuperación elaborado en la Moncloa. El mismo mensaje de los empresarios catalanes reunidos estos días por el Círculo de Economía; también el del gobernador del Banco de España en sus sucesivos informes, y otras instituciones civiles independientes y de multitud de personalidades del ámbito profesional.

¿Cómo es posible que agobiados por una pandemia sin precedentes, por una recesión intensa y por unas ayudas comunitarias históricas, los grupos políticos con poder o influencia no sean capaces de un mínimo consenso esperanzador? Una explicación razonable sería la mediocridad y el egoísmo de los dirigentes. Hay datos y trayectorias que avalan esa explicación. La ausencia de estrategias claras, firmes, razonadas para la mayor parte de los problemas conocidos que lastran el crecimiento es palmaria.

Un ejemplo clamoroso es el de la gestión de las tarifas de la electricidad, con pasos adelante, atrás, globos sonda, silencios… que indican ausencia de criterio, de política. En el seno del consejo de ministros las discrepancias resultan asombrosas, se producen después de adoptar acuerdos que luego tienen mala acogida en la opinión pública. O no saben explicar lo que deciden, o no lo comparten o, sencillamente, no tienen ni idea de lo que se traen entre manos.

A la Vicepresidenta primera la corresponde coordinar el gobierno, preparar las reuniones y decisiones del ejecutivo, pero su dedicación pública es, fundamentalmente, actuar como oposición de la oposición; descalificar, criticar… y no explicar y defender las decisiones del gobierno.

Más graves son las ruidosas discrepancias, más retóricas que profundas, con respecto a la estrategia contra la pandemia. Han discrepado en materias que no eran ni opinables, con cambios de criterio en pocos días, y con obsesión por discrepar más que por resolver.

Y otro sí, sobre las ayudas de la Unión Europea, que el gobierno, o mejor su presidente, trata de presentar como un asunto propio, un mérito de su gestión, frente a una oposición permanentemente a la contra, incluso de aspectos no discutibles.

La crispación, el maximalismo, la confrontación perpetua no es un dato exclusivo de España, no es una peculiaridad, pero aquí está cursando con más intensidad y sin descanso. Mientras en otros países, de Italia a los Estados Unidos, se perciben sesgos decisivos de cooperación, aquí no hay cambio de estrategia. El PP de Casado tendría que revisar la eficacia de una confrontación, al igual que el propio Sánchez.