Nadia y Yolanda, a diestra y siniestra del jefe

Las vicepresidentas dos y tres del gobierno se soportan con dificultad; lo disimulan, pero a veces se traicionan. Un gesto, un comentario, una confidencia… y el disimulo se desvanece - Ocurrió en el Parlamento en la sesión de control a cuenta de la monserga de la “reversión de la reforma laboral”- pero de sobra conocido con los interlocutores habituales de ambas vicepresidentas. Son dos talantes distintos, dos historias diferentes, dos gallegas de origen con distintos circuitos mentales.

Ambas sirven al mismo presidente al que prodigan lealtad y disciplina, y el presidente administra los disimulos porque necesita a ambas ya que una aporta credibilidad en Bruselas y la otra estabilidad en la coalición, 35 votos en el Congreso. Las diferencias entre Pablo Iglesias y Nadia Calviño las arbitraba el presidente sin demasiadas dificultades, las que surjan ahora entre ambas orillas son de gestión más complicada.

Calviño está a lo que ha estado siempre, las explicaciones en Bruselas y la coherencia de los documentos y compromisos son la Unión Europea. Yolanda Díaz se maneja en otras claves mucho más políticas y dispone de un potente altavoz, el diálogo social y el Ministerio de Trabajo, que es un peso pesado, aunque no figure en los llamados “ministerio de estado”.

Cuando la de Trabajo reitera la monserga de la re-reforma laboral, la de Economía levanta los ojos al cielo en ruego de que acabe la pesadilla. La una quiere amansar a su parroquia, aunque sabe, lo reconoce, que “derogar” las reformas laborales es una entelequia en términos literales. Otra cuestión es promover una legislación nueva (que tiene su trámite largo y engorroso) que anule la eficacia de los convenios de empresa (en demérito del poder burocrático sindical y patronal), que consolide la aplicación de los convenios vencidos hasta que se apruebe otro nuevo y que se limiten subcontrataciones y otras fórmulas de flexibilidad.

El debate de fondo es más o menos flexibilidad; desde un lado pretenden que con menos flexibilidad se favorecerán las condiciones de trabajo de los colocados; por el otro sostiene que con más flexibilidad habrá más empleo y más potencial de crecimiento. Pero no lo explican en esos términos que requieren ir más allá de un titular.

Hasta ahora los frutos del dialogo social con varios acuerdos son magros. Por ejemplo, la eficacia de los ERTEs como medicina preventiva de la catástrofe laboral es una política acertada, en buena medida amparada en la controvertida reforma laboral, pero se trata de una política casi obligada, que contiene la catástrofe, pero nada más. Ni menos.

Donde no hay avance, y el gobierno ya lleva muchos meses de ejercicio, es en lo mollar, en los problemas de fondo: precariedad, temporalidad, paro crónico y muy elevado… la ministra de Trabajo sostiene que con ella va a llegar la gran reforma, que nos vamos a enterar, que empieza la legislatura, que el mundo la mira… pero solo son palabras; jactancia o autoestima que no pasa de las musas al teatro. La de Economía mira al cielo y suspira. Y Sánchez reitera que España lidera la recuperación con feminismo y progresismo.