El Gobierno se enfurruña con todo quisqui

Están enfadados con casi todos, incluso entre ellos mismos. Que Adriana Lastra critique a los inquilinos de la Moncloa como artífices de la campaña de Madrid es tan revelador como desde palacio endosen a Ferraz (Ábalos-Celdrán-Lastra) el fiasco murciano. Todo ello es medio cierto y medio incierto, pero lo que queda es que destilan insatisfacción y ganas de endosar los errores al despacho de enfrente.

Puestos a enfurruñarse lo hacen con buena parte de sus aliados con la única excepción de la Ministra de Trabajo, que por otras razones se abraza a Sánchez y al gobierno de coalición, al tiempo que advierte que ha llegado con la “buena nueva”, con las tablas de salvación para alcanzar la tierra prometida. Pero salvo ese aliado todos los demás mueven la cabeza con contrariedad y toman distancia.

El PNV acepta más trasferencias con alegría, forma parte de su hoja de ruta permanente, pero no entiende la gestión nacional de la pandemia y recela de la obstinación de Sánchez al atribuir a otros la responsabilidad de la prevención. El Presidente del Gobierno insiste en las vacunas (vacunación, vacunación, vacunación) que es la parte de la política contra el COVID19 en la que el Gobierno solo ejerce de almacenista-distribuidor, ya que ni compra las vacunas (lo hace Bruselas), ni las inyecta (los hacen los gobiernos autonómicos).

Enfurruñado, aunque siempre flemático e impávido, el Presidente del Gobierno no quiere tomar decisiones restrictivas; pretende que sean los jueces los que determinen lo que se puede hacer o no. Una decisión que contamina a los magistrados con tareas que corresponden a los otros poderes, al ejecutivo y al legislativo. Los jueces están para hacer cumplir las leyes, pero no ejecutarlas, crearlas o interpretarlas creando inseguridad. Debilitar el poder judicial parece ser un objetivo, voluntario o involuntario, del gobierno, paralelo al interés en controlar el gobierno judicial. Nada nuevo, pero peligroso y amenazante a la democracia.

Los del Gobierno se enfurruñan también con los periodistas y editores, con casi todos los medios, con los que les critican por hacerlo y con los que creen que deben ser afectos porque no lo son suficientemente afectos, les quieren más cariñosos, más elogiosos, más obedientes. Se cumplen aquel viejo principio de que el elogio es siempre insuficiente y la crítica se muestra desproporcionada, excesiva, inmerecida.

Son curiosas las apelaciones de algunos portavoces gubernamentales al hecho de que ellos tienen el BOE, lo esgrimen como amenaza. Desde luego que lo es, el Gobierno puede amargarles la vida a ciudadanos que considere hostiles. Al tiempo esgrimen las ayudas europeas como ariete para captar voluntades a la fuerza. Enfurruñamientos, que suelen mostrar talantes peligrosos, inquietantes, que conducen a derrotas auto infringidas. El enfado no conduce al acierto, y enfadarse con casi todos solo lleva a la soledad.