Concluye una campaña electoral inútil y asquerosa

Hoy concluye la campaña electoral más inoportuna, inútil y desagradable (asquerosa) que ha conocido la democracia española. Hay que retrotraerse a fechas tan tóxicas como 1936 para encontrar algún precedente con argumentos (?) semejantes a los que hemos escuchado durante los últimos dos meses. Ideas, por llamarlas de alguna forma, inanes, falaces y tóxicas del tipo de que los madrileños tienen que elegir entre la libertad y el comunismo, la democracia y el fascismo. Si quienes proponen esos dilemas lo creen es que no están bien de la cabeza y si no lo creen es que son unos perversos.

Las elecciones las convocó la presidenta de la Comunidad en un ataque que mezcló oportunismo y pavor; lo primero porque los sondeos le otorgaban la posibilidad de desembarazarse de los socios de gobierno; y lo segundo por temor a una moción de censura de todos contra el PP a mitad de la legislatura. Las tácticas partidistas de los dos partidos de gobierno (PP y PSOE) durante lo que va de año, de la censura en Murcia a la disolución en Madrid, son de un oportunismo que se compadece muy mal con la situación de crisis provocada por la pandemia y la recesión. Es difícil encontrar un momento más inoportuno e irresponsable que el actual para una campaña electoral. No resistieron la tentación irresponsable y se lanzaron por el despropósito. Los resultados los tendremos mañana. 

Ahora merece la pena reparar en los puntos de partida y de llegada de semejante despropósito: 11 de marzo y 3 de mayo: ocho semanas para la campaña asquerosa, la más ruin de la democracia. Las medias de las encuestas conocidas a principios de marzo y a finales de abril pintaban el siguiente cuadro de intención de voto: 

Tras una campaña agotadora y ruin, en la que todos los contendientes han actuado como si les fuera la vida y estuviéramos al borde del precipicio, hay trasvases de votos apreciables pero no decisivos; sin esfuerzo alguno, sin tanta abyección como la que hemos conocido, los cambios hubieran sido parecidos. Una censura como las mociones de Murcia y Castilla León hubiera bastado para sostener la legislatura hasta agotarla sin gasto ni espectáculo lamentable. 

Con los resultados que conoceremos mañana por la noche (el voto exterior no es probable que incida en la asignación del último escaño decisivo para empatar o desempatar) podremos hacer el balance del desaguisado, pero de lo que no hay duda es de que nadie asumirá responsabilidades, aunque habrá consecuencias. 

El resultado final puede suponer la puntilla para Ciudadanos pese al meritorio esfuerzo de su candidato; otro castigo para Podemos y su líder que le acercará a la puerta de salida; una nueva muestra del desgaste de Sánchez que no tendrá consecuencias inmediatas; la consolidación de una alternativa en el PP, Ayuso, aunque sus votos tienen más de rechazo a sus adversarios que de entusiasmo por sus políticas; y también un mejor conocimiento del extremismo de VOX que puede quedar más desdibujado aunque sus votos sean necesarios para formar gobierno. Pero estas son conclusiones prematuras; hay que esperar a los datos y a la aritmética que acredita quiénes ganan y cuáles pierden. El viaje no ha merecido la pena, no mejora la política, ni a España, todo lo contrario. 

Sirve una vez el artículo que escribió Ortega en “Crisol” el 9 de septiembre de 1931 con el título “Un aldabonazo”, que concluía con el siguiente párrafo:     

“Una cantidad inmensa de españoles que colaboraron con el advenimiento de la República con su acción, con su voto o con lo que es más eficaz que todo esto, con su esperanza, se dicen ahora entre desasosegados y descontentos: “¡No es esto, no es esto!”. La República es una cosa. El «radicalismo» es otra. Si no, al tiempo.”

Sustituyan “República” por “democracia” y piensen si les vale.