Despiertan viejas amenazas

El petróleo se encarece, sobrepasa los 60 dólares por barril; las otras materias primas también se unen a la escalada; y los bonos soberanos inquietan a los inversores que reciben indicaciones para evitar ese activo. El repudio de los bonos soberanos que se amparan en las compras masivas de los bancos centrales pende sobre el resto de activos, incluidas las bolsas mundiales.

Durante los últimos doce meses toda la atención se ha centrado en la pandemia, cómo dominarla, y en la profunda recesión que ha provocado, la mayor de la historia reciente. Para afrontar el desastre se han arrinconado las viejas recetas de la ortodoxia financiera y monetaria para entregarse al activismo de los bancos centrales y de los presupuestos estatales. Una sola prioridad sostener rentas y tejido productivo; gastar, gastar y gastar en apoyo social y en impulsar la actividad.

Ni los desequilibrios presupuestarios (déficit crónico), ni la inquietud por los precios (la inflación y la deflación), son referencias preocupantes, de lo que se trata es de evitar una depresión que lleve el paro a tasas insoportables y estimule sesgos proteccionistas que reduzcan el comercio internacional.

Las expectativas de recuperación son razonables con alguna condición: la primera que la vacunación masiva consiga limitar, encapsular los efectos de la pandemia. Que las políticas de estímulos masivos en Estadios Unidos y en Europa funcionen, que lleguen a tiempo y sean efectivas.

En estas estamos cuando aparecen viejas amenazas a la recuperación y la estabilidad. El precio del petróleo sigue siendo un vector crítico, precisamente cuando saltan a primer plano las medidas para restar protagonismo a los combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas) sustituidos por energías renovables sin emisiones.

Otra de las amenazas cíclicas tiene que ver con los mercados financieros, con el flujo del crédito y la solvencia y estabilidad del sistema bancario y la gestión del ahorro y las inversiones en que éste debe materializarse. El mercado de bonos soberanos es el más grande del mundo, sostenido ahora por los bancos centrales, aunque no sea una fórmula sostenible a largo plazo. La gestión de la deuda, soberana y privada, será pronto una de las preocupaciones más inquietantes, tanto como ahora lo es la pandemia.