La política catalana entre cruda y líquida

Los catalanes votaron hace dos semanas para dotar de contenido un autogobierno de mucho alcance, con muchos recursos y competencias. Pero el resultado no deja satisfechos a ninguno de los contendientes. La política catalana sigue cruda, necesitada de mucha cocina, y líquida, es decir abierta a varias opciones. Nadie tiene capacidad para decidir, ningún acuerdo a dos bandas tiene posibilidades de éxito y cualquier acuerdo al que se llegue tiene muchas posibilidades de fracaso antes de que acabe la legislatura.

Algunos de los partidos carecen de relevancia, ni suman ni restan; PP y Ciudadanos no tienen grupo parlamentario propio, apenas tienen base social y menos poder efectivo. Vox tiene grupo, pero está sometido a riguroso aislamiento y solo puede incordiar sin consecuencias.

El PSC, ganador de las elecciones en términos cuantitativos tiene más poder de futuro que de presente; ha resucitado, pero solo cuenta como alternativa, con el poder de reserva que le otorga La Moncloa, pero con pocas posibilidades de conseguir en el parlamento y en el ejecutivo catalán algo más allá de ser la oposición responsable y dispuesta a alianzas novedosas con los nacionalistas-soberanistas-independentistas con más o menos ansiedad.

El laberinto de los partidos que, en principio, van a dominar el Parlamento y el gobierno catalán forman parte de la zona líquida, es decir incierta, abierta a distintas hipótesis todas ellas inestables por razones personales (factor humano) y emocionales.

El laberinto se irá despejando por etapas, por capítulos como las series televisivas al uso. ERC, que en principio tiene la iniciativa como el grupo soberanista más votado, ha dejado claro que su candidato debe presidir el gobierno y esa parece una pieza fija del cuadro. Deja dos casillas abiertas de importancia:

En primer lugar, la presidencia del Parlamento que debe materializarse antes de mediada la próxima semana, una vez constituido la cámara. El presidente y la mesa son determinantes, como ya se comprobó el año 2017, para marcar el ritmo de la política. Que la presidencia la ocupe la alguien de Juntos o de la CUP tiene relevancia. Como la tiene el reparto de la mesa.

Luego viene la composición del gobierno que será fruto de los pactos parlamentarios y que definirá no ya los objetivos (ya se saben) sino el ritmo y el procedimiento para alcanzarlos.

En resumen, todo muy crudo y muy líquido; con desviaciones previsibles a medio plazo y nuevos juegos de alianzas que pueden incluir volver a votar para ver su sale otro mapa más cocinado y cocinable.