Una democracia poco militante

La democracia española, consagrada en la Constitución, pertenece a la familia de las democracias poco militantes en su defensa, muy tolerantes frente a sus enemigos. Es una forma de superioridad, de autoconfianza y de fortaleza. El golpe de estado del 23F, del que sabemos lo suficiente, lo mollar, se produjo por la voluntad criminal de los golpistas, y también por ese déficit de militancia y autodefensa democrática.

Con la perspectiva actual, con la información disponible y el juicio que permite la distancia de cuarenta años, llama la atención que el gobierno Suárez (y la oposición) no respondieran con más convicción y autoridad a los movimientos golpistas que se fraguaban en algunos cuarteles y restaurantes (ruido de sables y de tenedores) durante aquellos primeros años de Constitución y democracia.

El golpe tuvo antecedentes y ensayos que no se reprimieron con la diligencia debida. Que Tejero y algunos de sus acompañantes directos eran golpistas formaba parte de lo conocido entonces. Disfrutó de una primera condena en un tribunal militar de asombrosa benevolencia ante pruebas ciertas de sus conspiraciones (Galaxia). Al menos debería haberse producido su expulsión de la Guardia Civil, pero siguió conspirando con estrellas en la bocamanga. Otro tanto para algunos otros de los protagonistas del golpe, incluido el general Armada del que Adolfo Suárez sospechaba con fundamento. El Estado no fue capaz de protegerse de los golpistas, los servicios secretos miraron a otro lado mientras algunos de sus agentes conspiraron con los golpistas y les ayudaban a consumar su propósito.

Suárez dimitió porque sus adversarios (leales y desleales) conformaron un insoportable sindicato de decepcionados en el que militaban miembros de su propio partido y de la oposición a la derecha y a la izquierda. En favor de Calvo Sotelo, demasiado olvidado estos días, hay que recordar que plantó cara al pretendido poder militar, primero nombrado un ministro de Defensa (Alberto Oliart) demócrata y civil a pesar de la opinión contraria del propio rey Juan Carlos y del núcleo duro del ejército que quería protegerse.

Calvo Sotelo y Oliart con prudente firmeza recurrieron la sentencia del tribunal militar que fue agravada con fundamento por el Tribunal Supremo, la instancia civil que debía entender la criminalidad del golpe. Llevaron a España a la OTAN, encauzaron la entrada en el Mercado Común, decisiones ambas que vacunaron contra otro golpe.

Con la perspectiva actual cabe estimar que la respuesta al golpe fue blanda y demasiado prudente. No desalentó otros dos intentos de golpe que fracasaron entre 1982 y 1985 y a los que se dio poca notoriedad. En este caso el Estado supo defenderse y abortar las intentonas de manera que a partir de 1985 decayó la hipótesis de otro golpe militar.

Estos días se ha recordado el argumento de Manuel Azaña para defender la Ley de defensa de la república (la libertad debe defender se quienes quieren acabar con la libertad). Eso significa militancia democrática, autodefensa. No estaría de más ahora alguna reflexión sobre el alcance de una militancia democrática, si para defenderla no hay que disponer de más recursos democráticos.

Adenda: Estos días se ha reiterado que el mensaje del Rey contra el golpe llegó demasiado tarde, a la 1:15 de la madrugada, sin advertir que su grabación fue bastante antes y que mucho antes desde Zarzuela se enviaron a todas las capitanías generales órdenes claras por escrito descalificando el golpe. El Rey no esperó, actuó con rotundidad tras disponer de la información precisa.