Dice Draghi: “la unidad no es una opción, es un deber”

Mientras Draghi presentaba en el Senado italiano su plan de “gobierno de unidad”, en el Parlamento español los dirigentes y portavoces de casi todos los grupos parlamentarios protagonizaban el enésimo pandemónium (lugar de mucho ruido y confusión) de las deprimentes sesiones de control del gobierno que ni son de control, ni siquiera son sesiones, por el bajísimo nivel intelectual y moral del presunto debate.

La argumentación de Draghi es sencilla, lo urgente es la pandemia, vacunar con eficiencia y urgencia. Luego las reformas para superar la recesión provocada por la pandemia. Reformas que pasa por ordenar el sistema fiscal italiano que hoy es tan ineficiente como el español; por mejorar el sistema judicial (otro tanto); por modernizar la administración pública para sostener el tejido productivo y, finalmente, hacer frente al reto medioambiental. Todo ello con una previa declaración europeísta y atlantista. Italia solo será Italia en Europa, sin ella Italia no será, ninguna veleidad contra el euro, advirtió Draghi.

Draghi cuenta, de saque, con el apoyo de una amplísima mayoría parlamentaria. Una mayoría que puede ser poco fiable, a la vista de los antecedentes, pero que hoy carece de alternativa ya que sería suicida si aboca a unas elecciones generales. Como señaló Draghi la “unidad política no es una opción, es un deber”.

Lo que vaya a salir del gobierno Draghi (tiene dos años y medio de plazo hasta concluir la legislatura), es un enigma, pero la orientación del “gobierno de unidad” está clara y los partidos que no compartan ese camino tendrán que asumir las consecuencias y los que lo recorran tendrán que tomar nota del aprendizaje.

¿Es más crítica la situación italiana que la española? Hay opiniones sobre eso, Italia tiene ventajas y oportunidades y España sufre de inconvenientes y riesgos. Lo que parece claro es que la estrategia de unidad resulta muy recomendable como deber y no como alternativa para los dos países.

No es ese el camino que proponen Sánchez, Casado y demás dirigentes que hoy protagonizan el guirigay político, todos tienen agravios y excusas para endosar sus responsabilidades a los demás, para huir de los problemas reales e instalarse en sus mundos particulares, muy alejados de los problemas reales de la ciudadanía.

En una situación tan crítica como ésta, más aun en Cataluña, las elecciones del domingo dejan un mensaje contundente: 53% de participación, veinticinco puntos menos que en las elecciones anteriores, la más baja de la historia. ¿Alguien puede vanagloriarse de haber ganado? Perdieron todos, perdimos todos; como el impotente Barça ante el dominante PSG.