El PP de Casado se mueve ¿hasta dónde?

Una de las sugerencias de renovación del PP, siquiera cosmética, pasaba por vender la sede, salir de la calle Génova. Casado ha asumido esa iniciativa al tiempo que convoca una Convención del partido para otoño que debe actualizar el mensaje, la misión y la estrategia del primer partido de la oposición, de un partido con vocación de gobierno que pasa por horas bajas. La sede de Génova, con su planta noble financiada en negro, y su balcón en el chaflán (el de el retorno de Fraga y los triunfos de Aznar y Rajoy) se hace demasiado pesada, insoportable, en el discurso de renovación que trata de materializar Pablo Casado desde que asumió el liderazgo del partido hace ya dos años y medio. Mucho tiempo con poco bagaje, tanto que suenan ruidos de relevo.

Salir de Génova supone un paso adelante tras la debacle catalana y las tormentas judiciales en curso que amenazan el futuro, pero no es suficiente para recuperar la credibilidad perdida, para amortizar la pesada y penosa herencia de Rajoy. Una decisión que marca tendencia pero que puede ser insuficiente, inútil, si la renovación no va mucho más lejos, más a fondo. La sede es simbólica, pero nada más; un edificio es un bien mostrenco e inocente, mero maquillaje.

Más simbólico sería repensar la marca que ya fue revisada por Fraga en su día, cuando mudó de la Alianza Popular que olía a franquismo residual y fracasado, a Partido Popular, que traía otro aire y la pretensión de ocupar el espacio de las familias liberales y democristianas de la UCD. De aquello ha pasado mucho tiempo, una generación, ahora la marca PP suena viejuna y sucia, con casos acumulados de irregularidades y condenas efectivas, unas que ya llegaron y otras que van a llegar.

Cambiar de nombre sería mucho más relevante y complicado que cambiar de sede, aunque también tiene mucho de maquillaje. Cambiar de nombre es arriesgado si no viene con más acompañamiento. Por ejemplo, la integración con otro partido necesitado, que puede ser complementario. Me refiero a Ciudadanos cuyo desastre catalán y las tensiones internas son cada vez más evidentes.

La integración del PP y Ciudadanos, al estilo de las fusiones de grandes empresas complementarias con problemas, produciría un partido de centro derecha con sensibilidades compatibles, en el mismo espacio político de centro. Los dos partidos están dañados, son aliados en varios gobiernos regionales y en ayuntamiento y han resistido bastante bien la experiencia.

Un ejemplo contrafactual de imposible verificación dice que la suma de los votos de PP y Ciudadanos en Cataluña les hubiera colocado con 261.000 votos como cuarta fuerza con 13 escaños. Hubieran ganado al menos un parlamentario en cada provincia a costa de los otros partidos (dos de ERC, uno de las CUP y otro del PSC) con un efecto aritmético y político interesante. Es cierto que las sumas a posteriori dicen poco, pero el resultado de ambos partidos separados supone una catástrofe, un juego de restas y de perdedores.

Una operación de fusión de esta naturaleza requiere liderazgos fuertes, iniciativa, audacia, pero lo que está claro es cada formación por su lado solo puede aspirar a que una de ellas se descalabre y desaparezca con la suma de fracasos. Lo que para Casado está claro es que el espacio de la derecha (neta y bruta) lo va a ocupar VOX durante más tiempo del que estimaban muchos analistas. Para crecer Casado necesita más centro liberal, el espacio que ocupa Ciudadanos que solo puede aspirar a ser bisagra coyuntural.

Vender la sede es un pasito, cuestionar la marca, otro paso, una fusión supondría el salto cualitativo, enterrar el pasado y abrirse al futuro.