El laberinto catalán: mienten como bellacos

Los debates de los candidatos catalanes han sido decepcionantes, probablemente también para ellos. Si este momento es para ir “a las cosas”, y las cosas no son otras que la pandemia, la recesión y el desgarro social, pero no es eso lo que ofrecen a los catalanes. Escribo esta nota antes de conocer los resultados de hoy y la aritmética final de escaños que puede tardar unos pocos días.

Lo más llamativo y deprimente es el despliegue de vetos antes del día de votar. Sobre todo porque todos sabemos que son palabras vanas, flatus vocis, porque cuando toque y a su manera caben todos los pactos que sean convenientes a cada cual. Cuando en Italia decaen todos los vetos políticos por necesidad en Barcelona reeditan los vetos que solo indican mediocridad y egoísmo.

El documento firmado por los cuatro partidos independentistas para restar atractivo a los socialistas (tan catalanistas como los independentistas, aunque no militen en el separatismo) es una bellaquería. La primera acepción de bellaco es: “malo, pícaro, ruin”, la segunda es más benévola. “astuto, sagaz”. Estamos ante la riqueza del lenguaje, su equivocidad. Cada cual se quedará con la acepción que le convenga y el juicio moral que le convenga.

No es probable que los electores catalanes vayan a resolver el laberinto en el que anda perdida la política y los políticos. Ni estas, ni otras elecciones; los catalanes tendrán que conllevarse entre sí y también con el resto de los españoles que miran cada vez con más pesar y fatiga el caso catalán.

¿Qué pretenden los firmantes del veto? Lo exhibieron en los debates y lo han hecho en tantas declaraciones como han hecho desde entonces. El objetivo no parece otro que acreditar la pretensión de llegar a Ítaca, a la independencia sin negociación ni fisura. Como todos firman nadie obtiene ventaja aparente, y todos se hacen sospechosos de simulación.

A partir de mañana sigue la partida, un largo set que acabará cuando alguna de las partes llegue al agotamiento. De momento mienten porque nadie les pide cuentas; porque mentir está muy barato.