La fiabilidad de la información y las fuentes

Bill Keller, que fue uno de los últimos directores del New York Times explicaba en una brillante conferencia que una de las características del buen periodismo es que “explica su trabajo”, que acredita con fuentes identificadas lo que afirma. Solo por razones de seguridad para esas fuentes cabe reservar la identidad. Por eso tiene sentido el “secreto profesional” que otorga a los periodistas la Constitución. Un derecho que requiere responsabilidad, ya que sin ella se trata de un privilegio. En todos los libros de estilo de los medios respetables la gestión de fuentes ocupa un capítulo importante.

Sin embargo, la ocultación de las fuentes es demasiado frecuente, es más cómodo, otorga más libertad al periodista para llegar más lejos en la información, para ser más atrevido y emocionante. La muletilla “fuentes próximas…” o “fuentes autorizadas” acompañan demasiadas informaciones con pretensiones de veracidad. En muchos casos ni son próximas, ni autorizadas, más bien intoxicadas o inventadas.

Por ejemplo, El País que pretende someterse a un libro de estilo muy profesional, lleva hoy a su primera página una información sobre el PP con ausencia de fuentes titulada: “El PP de Rajoy se indigna con el giro de Casado sobre el 1-O”. Quizá es cierto, sin duda es probable, pero ¿se justifica preservar la identidad de las fuentes? Para reforzar el argumentario la información arranca contundente. “media docena de cargos que integraron la cúpula del PP de Rajoy y de su gobierno mostraron su indignación ante las palabras de casado…” No una, ni dos, ¡seis fuentes!, pero ninguna identificada. ¿Corre peligro alguna de esas fuentes? No parece, si tanto miedo tienen más les valdría callarse y asumir un carácter bobino y genuflexo al mando.

La información es relevante, indica tensión interna y desafío al líder en un momento difícil del PP. Por eso asciende a primera página, validación de la información por parte de la escala de mando del diario, incluso ha merecido espacio preferente en los noticiarios de radio y televisión.

¿Qué credibilidad tiene este tipo de trabajo? Más bien baja, gusta a quienes les confirma sus opiniones; también a los adversarios que obtienen munición de ataque, pero poco más. Ayuda al espectáculo y la confrontación, pero poco a la información.

Asumamos que la información sea cierta, pero la ocultación de las fuentes en algo que es opinable desvaloriza lo que dice. Máxime cuando el comportamiento de Rajoy, de su gobierno y de su partido, en aquel momento fue decepcionante hasta para ellos mismos. Es opinable si el comentario de Casado en un programa de radio desmarcándose ahora de lo que ocurrió en aquel momento es extemporáneo, irrelevante e innecesario, pero criticarlo requiere dar la cara.

Los periodistas tenemos bastante responsabilidad de lo que pasa en el debate político, de lo mal que funciona, de excesos y nimiedades. Si aplicáramos con rigor dos de los elementos claves de la profesión (identificación de fuentes y relevancia del contenido) contribuiríamos a elevar el lenguaje y la calidad de la democracia.

La ocultación de las fuentes cuando no es necesario solo acredita engolfamiento con esas fuentes, complicidad culpable, olvido de la profesionalidad. Lo peor es la tolerancia de los jefes de redacción ante esos descuidos.