Hay “draghis” en España

Italia ha sido siempre un laboratorio político sugerente para los españoles, unas veces como tentación para copiar y otras como advertencia para evitar. Italia es una singularidad, otro modelo europeo alternativo a los típicos francés, británico o alemán que tienen su propio carácter, que se parecen poco y que presentan oportunidades y riesgos.

El caso español es sincrético, copia trozos de cada cual sin decidirse por ninguno. Los sesgos franceses son evidentes en la administración y el entramado jurídico español desde principios del XIX; pero el modelo alemán ha tenido influencias evidentes, por ejemplo, para la Constitución de 1978 que tuvo muy en cuenta el caso alemán. Pero las experiencias italianas también se han notado en las preferencias políticas y judiciales españolas a lo largo del siglo XX, incluida la etapa autoritaria, protofascistas, del franquismo.

Con todas esas influencias la democracia española de la Constitución de 1978 tiene su propia dinámica e incluso conforma un modelo: el de la transición para salir de un modelo totalitario a otro democrático. Un modelo sustentado en un bipartidismo imperfecto que proporcionó durante cuarenta años (1977-2017) estabilidad política, convergencia con Europa y un progreso social razonable con libertades plenas.

El modelo entró en crisis tras la doble recesión de 2008-12 y desde entonces anda tanteando un nuevo modelo político que no acaba de concretarse y que vive atormentado por la recesión, por la crisis territorial y por un evidente retroceso en cuanto a igualdad y justicia social.

Hace unos años, cuando el bipartidismo declinaba alguien le preguntó a Felipe González en un coloquio abierto si la política española se italianizaba (la pregunta contenía una visión pesimista, un problema). El expresidente respondió rápido y contundente: “Si, pero sin italianos”, acentuando el pesimismo. Para parecerse a los italianos y salir bien librados hay que aplicar las mañas italianas, que tienen mucho recorrido, experiencia acumulada, elites muy entrenadas y base social sólida y curada de espantos.

Italia encara ahora su futuro recurriendo a un modelo tecnocrático, gobierno de sabios, que ya experimentó con incierto éxito en dos ocasiones durante este siglo. Ahora el candidato Mario Draghi parte con cierta ventaja en términos de autoridad y urgencia, pero con el inconveniente de unas élites políticas engolfadas, mediocres e incapaces.

Cabe la posibilidad de que la política española se vea abocada en un futuro a una vía a la italiana, con grupos parlamentarios fragmentados e incapaces de conformar mayorías de gobierno, empujados a recurrir a alternativas tecnocráticas. No es descartable la hipótesis de que el Rey tenga que encargar la formación de gobierno a una personalidad, independiente de los partidos, capaz de pactar un programa posibilista con varios de ellos. De hecho se esbozó esa posibilidad en algún momento de finales de la década. Entonces los primeros nombres que se deslizaron como hipótesis carecían de peso específico, no aguantaban ni la primera ronda.

Me pregunto, les pregunto, ¿existen en España personas, nombres, trayectorias equivalentes a Mario Draghi? De momento no se me ocurren, por eso les animo a imaginar, aunque solo sea como ejercicio intelectual. De manera que como Italia… pero sin italianos.