Las vacunas no vacunan contra la polarización

La pandemia del COVID19 constituye el mayor reto político y social al que se ha enfrentado el mundo durante las últimas décadas, las de nuestras vidas. Un reto frente al que algunos sectores han respondido con diligencia, generosidad y eficacia. Es el caso de los científicos, que en plazos sin precedentes han logrado entender la enfermedad y preparar tratamientos y vacunas eficientes. Es el caso de los profesionales de la sanidad que se han enfrentado a la enfermedad con una dedicación que va por encima de su deber profesional. Pero no es el caso de un buen número de gobiernos (no todos) que o han sido capaces de aparcar disputas partidistas tiñendo sus políticas sanitarias de polarización, oportunismo y pésimo desempeñó.

El caso español está más cerca de la zona tóxica que de la virtuosa. El Gobierno insiste en lo bien que lo ha hecho (y está haciendo), la oposición dice todo lo contrario y la gestión de la crisis va dando tumbos para decepción y desesperación de la ciudadanía.

La llegada de las vacunas podía haber significado la oportunidad de oro para superar la polarización y construir autoestima nacional. Gestionar un programa de vacunación sólido, creíble y eficiente, del que sentirse todos orgullosos, no era complicado, solo requiere sentido común, profesionalidad y rigor. Se pueden discutir las preferencias a la hora de vacunar, los procedimientos a la hora de vacunar (dónde, cómo cuándo) pero estas son cuestionas técnicas que se resuelven con decisiones políticas sensatas y una ejecución profesional. Todo ello al alcance de las capacidades de un país como España que tiene sobrada competencia para vacunar a cuarenta millones de personas en el plazo de pocos meses. Y hacerlo de forma que deje a casi todos satisfechos y orgullosos.

No es lo que está ocurriendo por más que la pareja Sánchez-Illa insistan con un rostro de cemento armado que todo va bien, conforme al plan previsto. Hay dudas de que efectivamente tuvieran un plan merecedor de tal calificativo y es evidente que la vacunación se ha convertido en una ciénaga de conflictos con todos los vicios imaginables: insuficiencias materiales, deficiencias en los procedimientos y preferencias abusivas en la vacunación.

Cuando deberíamos estar orgullosos de una vacunación serena, programada, eficiente, ejemplar, lo que estamos es desconcertados, irritados, desconfiados e inquietos por el futuro ya que la infección avanza, cada día más intensa y peligrosa. El debate sobre los confinamientos y las restricciones de movilidad roza lo ridículo, cada comunidad a su aire, con medidas confusas y de imposible verificación de cumplimiento, con autoridades policiales y judiciales desbordadas de las que se burlan quienes deberían estar inquietos y arrepentidos.

Zapatero se jactó hace diez años de un sistema financiero que luego estalló en pedazos; Sánchez hizo otro tanto con el sistema sanitario al que, ni ha apoyado ni dotado de recursos adicionales para la emergencia, que ahora está punto de colapsar- Y la oposición, donde gestiona y donde se opone, tampoco ha mejorado las cosas. Donde pudimos mejorar la autoestima y la reputación predomina la frustración. Vacunar bien no es tan complicado, todavía pueden lograrlo si aciertan a rectificar, explicar y convencer.