Libertad de expresión: entre Assange y Trump

“La libertad de opinión es una farsa si no se garantiza
la información objetiva y no se aceptan los hechos mismos”
Hannah Arendt

El debate sobre la libertad de expresión y sus límites (les tiene) es permanente aunque ajustado a cada coyuntura y circunstancia. Hay veces que los límites están claros y otras no tanto. Estos días asistimos al debate de dos circunstancias con nombre propio y casos concretos: Julian Assange y Donald Trump.

El primero sometido a acusaciones de traición y otros cargos y al riesgo de una extradición desde Inglaterra a los Estados Unidos donde puede obtener una larga condena. El segundo sometido al boicot (para algunos a censura) de las redes sociales para evitar la difusión de mentiras y apelaciones a la violencia.

Frente a ambos casos hay voces muy autorizadas a su favor por mor de la libertad de expresión. En defensa de Assange, para que no sea extraditado y sea puesto en libertad han salido periodistas muy reputados y organizaciones profesionales caracterizadas por la defensa de la libertad más plena. Al margen de la consideración personal que les merece Assange, sobre todo los que le han tratado y sufrido, advierten que su condena podría suponer un retroceso de la libertad de expresión, el reconocimiento de unos peligrosos límites a esa libertad que es esencial para la sociedad abierta y democrática.

En el caso de Trump y el bloqueo de sus mensajes en Twitter y otras redes, hasta la canciller Merkel ha advertido que no le gusta el bloqueo de la cuenta Trump, que la prevención de las mentiras y las incitaciones peligrosas, antidemocráticas, no se hace tapando las bocas sino trabajando por la verdad.

Ambos argumentarios en defensa de la más amplia libertad de expresión están bien fundados y merecen atención, ponderación y defensa. También tienen fundamento los argumentos de los que se inclinan por imponer límites, por advertir que Assange más que un periodista es un agitador político al servicio de intereses sospechosos. Y que Trump es un peligro público y que sus mentiras compulsivas, permanentes, deben ser advertidas, acotadas y anuladas.

La frase con la que encabeza esta nota que tomo de la introducción del libro del abogado Aryeh Neier (“Defendiendo a mi enemigo”) atribuida a la filósofa política Hannah Arent, me parece una piedra sillar para el debate. La libertad de expresión puede convertirse en farsa sin razonables garantías de una información solvente que respete la verdad, los hechos y su verificación, que son los principios permanentes del periodismo profesional.

De manera que defendamos la más amplia libertad, incluso para tipos como Trump y Assange pero con un periodismo que trabaje por la verdad, que neutralice la perversión del mal uso de la libertad. En resumen, un dilema permanente que requiere debate, valentía; periodistas y medios independientes y profesionales.