La penosa gestión de la vacunación

La noticia más esperanzadora de los últimos tiempos ha sido la existencia de vacunas, de varias vacunas, con razonables garantías de eficacia para acabar con la epidemia del COVID-19. No solo hay vacunas sino también una extraordinaria capacidad para producirlas por millones y para distribuirlas hasta los centros de vacunación. La última fase de este avance es aplicar las vacunas, con la mayor celeridad, ya que de eso depende acabar con la excepcionalidad que impone la pandemia con terribles consecuencias sanitarias, económicas y sociales.

No puede haber otra prioridad política que la vacunación, sin pausa, con todos los recursos posibles, los del sistema público de salud, y también el sistema privado e incluso el ejército que ha acreditado disciplina, dedicación ejemplar y eficacia en esta crisis. Tanto como el personal sanitario que ha acreditado una vocación por encima del deber y del sueldo.

Pero no parece que la prioridad oficial sea la vacunación que en España (y en otros países) avanza a paso de tortuga, con escasa información y pésima diligencia. Durante las dos primeras semanas se han aplicado menos de la mitad de las primeras vacunas que han llegado a los puntos de vacunación conforme a las previsiones y compromisos de la industria con la Unión Europea. La industria farmacéutica está en condiciones de ofrecer cientos de miles de vacunas a la semana para su inmediata aplicación. Es lo que se necesita, como mínimo, para lograr la inmunización de una amplia mayoría de la población que permitiría llegar al principio del fin de la crisis.

Sin alcanzar ese principio del fin de la pandemia sanitaria es imposible empezar a superar la recesión que será el problema más acuciante una vez contenida la pandemia. Hasta ahora se han destinado muchos recursos para frenar la recesión en forma de créditos, subsidios y otras ayudas. En el caso español aunque la crisis es la más profunda de Europa los apoyos son de los más menguados.

El gobierno se felicita por su plan de ayudas, considera que los ERTEs, los avales ICO y los subsidios directos a empresas y familias, han evitado el derrumbe del tejido productivo. Además estima que este año se producirá una vigorosa recuperación, acentuada con las ayudas europeas del programa “next generation”. Ojalá acierte, pero no tiene pinta, por ahora.

Para que la recuperación se asiente hace falta superar la pandemia, lo cual pasa por la vacunación. De manera que vacunar es el mejor incentivo para la recuperación. Que la administración sanitaria de Madrid se conforme con alcanzar los 60.000 vacunados (25% de las vacunas disponibles) a fin de semana resulta desolador, un colosal fracaso que aconseja despedir a cuantos se han ocupado de esta tarea tan crítica y urgente. Cabe encomendar a quienes saben organizar (no faltan en España) la vacunación madrileña ya que si las cosas siguen como hasta ahora el fracaso colectivo está garantizado.

Tan penoso resulta el desempeño del plan (¿existe?) de vacunación que urde una rectificación inmediata, un cambio de responsabilidades y de estrategia porque los españoles nos jugamos demasiado en esa vacunación si queremos evitar una catástrofe.