Trump, ¿narcisista maligno?

El futuro de Donald Trump es incierto en el corto, en el medio y en el largo plazo. Más probabilidades que sea un juguete roto, una historia fatal de cuatro años que cualquier otra hipótesis pero hay fases por cumplir. El corto se refiere a los pocos días que faltan hasta su salida de la Casa Blanca con el próximo martes 19 de enero como fecha límite. El avión presidencial trasladará a la familia Trump a su nueva residencia, probablemente en Florida donde tiene fijada su domicilio electoral. Hasta ese día será Presidente con plenos poderes y todo lo que ello implica. Lo que haga estos días forma parte de la agenda informativa de la semana que incluye su destitución deshonrosa.

El medio plazo se refiere a lo que queda de un año que promete ser muy largo y al compromiso que Trump asuma acerca del futuro del MAGA (Make America Great Again), ese ambiguo movimiento de los de la boina roja que pretendían garantizar otros cuatro años a su ídolo a cualquier precio. Sin la Casa Blanca y sin redes sociales (de las que Trump ha sido excluido) el MAGA puede quedar en poca cosa. No les faltará financiación, ni candidatos a relevar al expresidente, entre ellos un viejo enemigo, el senador texano Ted Cruz, que fue uno de los más insultados por Trump durante las primarias de 2016. Se reconciliaron por interés recíproco.

Ted Cruz aspira a quedarse con el caudal de votos de Trump (ahora de incierto cálculo) en los que confía para liderar el GOP (los republicanos) para las campañas de 2022 (recuperar el capitolio) y del 2024 (recuperar la presidencia). Cruz tiene mandato en el Senado hasta enero de 2025, por tanto con margen para aspirar a las presidenciales del 24. No es probable que consiga nada, su apuesta por Trump ha sido oportunista y perdedora, peor en política cada día el contador se pone a cero.

Al mismo lado corre el joven senador por Missouri Josh Hawley, también con mandato hasta 2025, que se postula como el más “trumpista” de los “trumpistas”, que impugnó los votos de Arizona y Pensilvania y también aspira a recoger la herencia del MAGA. Hoy parece descartado, con promotores en huida y prestigio muy mellado.

También cuenta la saga de los Trump, encabezada por él mismo que hasta la semana pasada aspiraban a recuperar el poder de cualquier manera. Hoy son perdedores desahuciados, abocados a defenderse en varios tribunales, hipótesis que se despejará a lo largo del año. El futuro de Trump en el medio y largo plazo tiene sesgo judicial, pleitos antiguos y actuales que le van a tener entretenido y que le costarán bastante dinero, que es de las cosas que menos le gustan.

Al fondo de todo queda el diagnóstico de la personalidad de Donald Trump, ese narcisismo del que le acusan sus adversarios del Partido republicano, con Mitt Romney a la cabeza. Un reciente documental distribuido por varias plataformas (está en Movistar) se preguntaba meses atrás si Trump era adecuado (unfit) para el cargo para concluir según varios psiquiatras que se trata de un “narcisista maligno”, una definición técnica que significa narcisista paranoico, sociópata, y sádico. Unas pocas semanas atrás parecía un diagnóstico exagerado, parcial, hoy ya no tanto. Los acontecimientos de la semana pasada se comprenden mejor bajo ese diagnóstico, no es un payaso (como le llamó Biden en uno de los recientes debates), ni un mentiroso compulsivo (como reiteran los medios con datos), es más que todo eso, lo cual no le exime de responsabilidades, aunque ayuda a entender su comporta miento.

Tanto Biden en su papel de nuevo presidente como los fiscales y magistrados de varias jurisdicciones tiene que optar ahora por una vía de apaciguamiento con el trumpismo para recoser la sociedad norteamericana, o por la exigencia de responsabilidades en un estado de derecho que se defiende. Las dos vías tienen sus pros y sus contras, se irán viendo con el paso del tiempo. Es medio y largo plazo.