RIP por el GOP de Trump

Tras el asalto al Capitolio seis senadores republicanos votaron en contra de la validación de los resultados electorales, otros siete que habían comprometido su voto en el mismo sentido rectificaron. Los trece votos hubieran sido ineficientes para paralizar los efectos de las elecciones del 3 de noviembre, pero el recorte de 13 a 6 da la medida de la crisis del Partido Republicado, el GOP (viejo y grande partido) que en su día encabezo el presidente Lincoln.

A estas alturas es obvio que el 20 de enero Biden entrará en la Casa Blanca con plenos poderes y con el compromiso de serenar y normalizar los Estados Unidos. Lo que vaya a ocurrir a partir de ese día constituye una de la incógnitas mayores para el 2021. Biden y las vacunas son los dos argumentos centrales del año. ¿Quién pudo imaginar hace un año una agenda semejante?

Otra cuestión, quizá no tan obvia pero muy probable, es si la carrera política de Trump está acabada con deshonor y alevosía; las posibilidades de que pueda aspirar, él o cualquiera de su familia, a la campaña de 2024 van de remotas a nulas. Lo que le espera a Trump a partir de hoy es un calvario que un tipo “orgulloso y egoísta” (así le definió ayer el senador Matt Romney, tendrá que asumir y gestionar. Si efectivamente tiene talento para negociar desde ya habrá retirado varias líneas de defensa en sus objetivos para colocarse en el parapeto de evitar ir a prisión por traición o por fraude fiscal, que todo es posible.

Queda la incógnita del futuro del GOP (del Partido republicano) que se entregó a Trump el año 2016 una vez que el inesperado y extravagante candidato a las primarias se impuso a todos los demás. Trump se quedó con la marca GOP sin pagar nada a cambio, por sus propios méritos y los deméritos de un partido cuyo objeto social en ese momento no era otro que borrar el legado de Obama y satisfacer a sus contribuyentes más ricos.

Trump y el partido Republicano han braceado durante cuatro años para barrer la herencia de Obama sin parar en barras sobre los métodos empleados. No lo han conseguido, derrotados por un candidato demócrata que hace solo seis meses era improbable. El viejo y despistado Biden ha resultado más correoso y creíble de lo imaginado por los republicanos “trumpistas”. Su discurso del miércoles exigiendo a Trump que ordenara la retirada de sus leales del Capitolio le acredita como político con liderazgo y personalidad. Queda ahora su discurso de investidura el próximo día 20 en la escalinata del Capitolio (o donde se decida realizar acto tan solemne) que debe ser el primer acto del saneamiento de las heridas causadas por el “trumpismo”.

Buena parte de la clase electoral republicana (70 millones de votos en noviembre) sigue seducida por Trump, aunque el embeleso puede durar poco una vez que la marca ha desaparecido de las redes sociales, de las cadenas de televisión y de la notoriedad pública. Las mentiras que han caracterizado la era Trump tardarán en desvanecerse pero a poco bien que lo hagan los demócratas y los republicanos arrepentidos los cuatro años pasados serán una muesca en la larga historia de la democracia norteamericana.

La responsabilidad recae ahora sobre los hombros de Biden al que le toca devolver a la democracia norteamericana normalidad y respetabilidad; combatir eficazmente las mentiras y restaurar la confianza en las instituciones.