Clasificar los bancos por activos, una forma de despistar

Cincuenta años atrás, mi compañero de columna Primo González y yo, trabajamos en sendas agencias de noticias que competían por adelantar información económica. Desde el Consejo Superior Bancario, encargado de difundir estadísticas bancarias, neutralizan nuestro afán por la anticipación, invitándonos a los cuatro periodistas de agencias del momento a un agradable almuerzo en el que nos facilitaban la estadística mensual del comportamiento de los bancos. Así nuestro margen de adelanto se reducía al tiempo de llegar a nuestra redacción, es decir muy poco.

En aquellos tiempos prehistóricos los bancos se medían por el tamaño, los grandes eran los buenos y los pequeños no tanto. El ranking se establecía por las cifras de pasivos captados y los piques entre los que andaban cerca eran épicos. En Banesto trataban de mantener una ventaja que el Central amenazaba, Popular y Santander crecían a mayor ritmo que los otros grandes, aunque andaban lejos; mientras el Bilbao sacaba ventaja a sus primos del Vizcaya porque estos estaban en decadencia industrial y los otros se esmeraban como banco comercial de familias. El Hispano Americano, que antes fue el primero, gestionaba su elegante decadencia sin despeinarse ni ocuparse. Esos eran los siete grandes, un mito con sesgos de oligopolio. Aguas abajo los medianos-regionales y los pequeños-locales repetían las maneras de los mayores. El tamaño era lo importante. Crecer en pasivo era buena señal, tan simple como ingenuo, un sector bastante controlado y repartido, con un pique por el liderazgo que llevaba a cometer errores de principiante.

Ahora todo es más complicado tanto a la hora de gestionar como de analizar. Por eso me llama la atención la nueva obsesión por el tamaño, no tanto del pasivo captado como de los activos gestionados, un ranking más estúpido e irrelevante que el del pasivo.

Los medios insisten con infografías más o menos brillantes sobre el tamaño de los activos sin reparar en lo engañoso que puede ser el dato, porque hay activos de distinto tipo, buenos, malos y regulares, peligrosos y tranquilizadores, reales y ficticios. Tras cada fusión que como dice un viejo analista, suele ser una buena fórmula para emborronar las cuentas, aparece una nueva lista de tamaño resultado de sumas artificiosas ya que la experiencia dice que las fusiones bancarias desafían a la ciencia matemática porque suele ocurrir que 1+1 no sea 2, sino poco más (o menos) de uno, en cuanto pasan unos pocos meses.

Los ranking por volumen de activos confunden calidad con cantidad, apuntan a que todo lo grande es pesado y lo pequeño frágil cuando la realidad no lo avala. Las fusiones son una fórmula de huida, de ganar tiempo aplazando los problemas y enmascarándoles. Se fusionan porque no saben hacerlo mejor. Es cierto que se trata de un negocio en el que el tamaño es importante por la difusión del riesgo, pero solo por eso, sin que ello reduzca ese riesgo (que es la base del negocio, su arte) ni mejore la calidad de la gestión y de los activos.

La banca regulada es un negocio en crisis profunda, con peor reputación quizá de la merecen sus gestores; pero sometida a crisis y ajustes de fondo: les sobran personas, asesores, consejeros, oficinas, gastos, pretensiones y les falta realismo, humildad y entender que el tamaño importa menos que la rentabilidad y la calidad de esos activos que tan pomposamente exhiben.