Las desavenencias del gobierno de coalición

Que haya desavenencias en el seno de un gobierno forma parte de la naturaleza de las cosas; los desencuentros no indican punto final, sobre todo cuando cualquier cambio o ruptura es desfavorable para las partes. Pedro Sánchez sabía donde se metía, semanas antes de la coalición (por necesidad) había advertido en público que dormiría mal con una alianza de ese tipo. De hecho hasta ahora ha dormido bastante mejor de lo que imaginaba, entre otras razones porque el socio ha actuado, hasta ahora, con evidente lealtad. Sánchez no puede decir que Iglesias le engañe, las actuaciones y posiciones de éste son previsibles, coherentes y nadie le ha escuchado durante todo este año el más leve comentario despectivo o negativo sobre Sánchez, todo lo contrario. No fue esa la tónica antes, cuando ambos pugnaban por encabezar la izquierda y el de Podemos veía a Sánchez como pieza abatible.

Que entre los ministros haya tensión no les va mal a ambos jefes de fila, para eso están ellos, para mediar, apaciguar y marcar la posición oficial del gobierno cuando convenga. El despistado ministro de Consumo, del que Iglesias ha hecho comentarios poco amables, entró al trapo con un comentario inoportuno ("tendrán que darnos siempre el mismo número de ministerios") que daba volumen a las disidencias cuando menos conviene a todos. Pero fuera de esa salida de tono, todos los ministros andan con cautela.

"No seas cabezón" le dijo la ministra de Hacienda a Iglesias en esa conversación que mantuvieron en el Congreso sin darse cuenta de que tenían un micrófono atento. El comentario tiene su tono de buen rollo que caracteriza a la señora Montero; podía haber dicho no seas pesado o algo parecido, pero lo de cabezón es más ambiguo.

Fuera de micrófono la queja de los ministros del sector socialista se quejan de que los de Podemos son poco trabajadores, que se pasan el día cotilleando y enredando en los medios, que es su forma de hacer política y que trabajan poco las propuestas y los expedientes, que no están disponibles a todas las horas y que se despistan demasiado son sus rutinas.

Pero de eso a una ruptura de la alianza cuando no ha entrado en el segundo año de vigencia hay mucho trecho. Al gobierno le queda carrete, tienen repertorio para meses y las desavenencias serán cada vez más habituales sin que la sangre llegue al río. Mientras el pacto de los dos jefes dure, mientras no se pierdan la confianza, los ministros y sus equipos tendrán que aguantarse y gestionar el malestar con la mejor voluntad de no provocar conflictos insoportables.

Por el camino se caerá algún ministro equivocado, de uno u otro lado, pero esos son asuntos menores para los jefes de fila. El pliego de aciertos y desaciertos se hará más tarde, cuando las palancas de control de críticas se debiliten y los datos justifiquen las conclusiones. De momento el navío navega.