Lo que el debate sobre el SMI esconde

Parece por debajo del debate sobre la congelación o no del SMI lo que hay es una pelea de poder entre dos vicepresidentes del gobierno, la ortodoxa Calviño y el rupturista Iglesias. Este último, tras su éxito en la configuración del bloque de gobierno que habilita los Presupuestos, busca ahora apuntarse nuevos tantos políticos más complicados que pasan por cuestionar la monarquía parlamentaria, tomar una cuota de poder en el Consejo del Poder Judicial y debilitar la estrategia económica que encabeza Nadia Calviño.

 

Desgastar a la Vicepresidenta Tercera forma parte de las capacidades y habilidades de Iglesias, es su forma de hacer política. Simplemente se trata de proponer objetivos que confronten con la posición de Calviño para luego someter el dilema a la mediación/decisión del presidente Sánchez que siempre antepondrá mantenerse al frente el gobierno a cualquier otro objetivo.

Desde ese punto de vista Calviño tiene las de perder, entre otras razones porque su pasión política no alcanza ni de lejos la de su adversario. El debate sobre congelar el SMI o subirlo el 0,9% es artificioso, ¿Qué más da? Detrás no hay estrategias de alcance, solo una pelea para ver quién manda, quien se sale con la suya. Iglesias mantiene el idilio con Sánchez, se entienden, se necesitan y no ven llegado el momento de la distancia y la confrontación. Vendrá cuando suene la música electoral y ambos disputen bases secantes y fluctuantes.

Una vez que el gobierno ha decidido subir el salario de los funcionarios y las pensiones, al menos, en el 0,9% (la inflación proyectada para el año 2021) mantener el SMI congelado no es coherente. Más aun, si la subida de pensiones y los salarios públicos (que no han sufrido con la pandemia) es discutible, no lo es tanto elevar el SMI que figura entre los más bajos de Europa, lejos del 60% del salario medio. No hay evidencias científicas de que las subidas del SMI generen automáticamente paro, aunque tiene lógica que el aumento de los costes conspira contra la cantidad de trabajo.

Pero si hay evidencia de que los salarios bajos en España constituyen un problema, una anomalía que hay que rectificar, lo cual exige una estrategia política y una política económica consistente. Desde Europa y los organismos internacionales también advierten sobre los bajos salarios, el problema de la precariedad laboral y el aumento de las desigualdades. El debate sobre el aumento del 0,9 en el salario mínimo no es relevante, hay asuntos más prioritarios. Además hay tantos argumentos en favor de la congelación preventiva, protectora del empleo (del subempleo) como de una subida real y efectiva para alcanzar salarios de eficiencia, un concepto sobre el que ha trabajado a fondo la nueva secretaria del Tesoro de los Estados Unidos. El debate aquí es de muy bajo vuelo, más político (en el peor sentido del término) que técnico y profesional.

Lo que cuenta ahora es la bronca Calviño-Iglesias y la posición que en su momento adopte Sánchez. Todo ello bastante penoso y decepcionante, pero así es la rosa.