Biden, mala pata pero buena mano

El camino de Biden a la Casa Blanca está garantizado y a finales de enero dormirá allí con contrato de alquiler por cuatro años. Estos días ha acreditado su mala pata tras el esguince que ha sufrido por jugar con su perro, pero también una buena mano a la hora de elegir a sus colaboradores más directos, entre los que brillan trayectorias profesionales de primer nivel, gente muy experimentada que prometen pocas ocurrencias emocionantes como las de la administración Trump que ahora agoniza con mucho desdoro.

Entre las designaciones tranquilizadoras me parece que destacan las del secretario de Estado y la secretaria del Tesoro, dos de las responsabilidades más relevantes en los EEUU por la incidencia de ambos cargos en la suerte del mundo. El hombre de Estado es un diplomático con mucha experiencia y recorrido que garantiza el retorno al multilateralismo y a los aliados serios, incluidos los europeos. La señora del Tesoro aporta una trayectoria profesional imbatible tanto en lo académico como en el servicio público, incluida su acertada dirección de la Reserva Federal. Trump no quiso renovarla el mandato en la FED (probablemente por mujer y bajita) con lo que le hizo un favor a Biden. La señora Yellen ofrece solvencia y seriedad.

Pero en este momento quiero referirme a las memorias de Obama (primera entrega) publicadas estos días en todo el mundo. El libro figura ya entre los más vendidos a pesar de su volumen: más de mil páginas y más de veinte horas de lectura diligente y sin distracciones. Que Obama es un excelente escritor (y orador) es de sobra conocido. Lo vuelve a acreditar en este libro en el que nos traslada hechos, datos, impresiones y sentimientos. Su lectura es tan grata como apasionante.

Me parece oportuno destacar en esta nota dos aspectos: primero la complejidad y dificultad de gestionar una estructura de gobierno como la de los Estados Unidos cuyo Presidente dispone de gran poder pero de enorme control del mismo. Resulta asombroso que con esa arquitectura política tan rica en contrapesos y enredos se puedan tomar decisiones operativas eficaces. Segundo aspecto el aprecio de Obama por la figura de Biden que aparece a lo largo de estas Memorias como una persona de buen juicio y conocimientos, además de empático, fiable y decente.

De Biden se ha dicho que es un metepatas (lo acreditó ayer), que está mayor, que se distrae y que es demasiado espontáneo. Lo que apuntan los recuerdos de Obama es que además es una persona honrada y coherente, que sabe escuchar y hasta rectificar. Todo lo cual no es poco en estos tiempos. Puede ser su ruina como Presidente, pero un buen nivel de valores morales debería aportar un factor de confianza y serenidad para el futuro.

La ejecutoria de Biden tras las elecciones del 3 de noviembre es prudente e inteligente, bastante efectiva. No ha entrado a ninguna de las provocaciones y extravagancias de sus adversarios, ha mostrado un respeto democrático e institucional exquisito y se ha ajustado a una agenda serena y consistente para construir un nuevo estilo para su Presidencia rectificando el rumbo de la que era primera potencia del mundo.

Obama señala en sus memorias que el checo Havel le advirtió de la maldición de las expectativas, las que su llegada a la presidencia levantaron que llevaron incluso a que le adjudicaran el Nobel de la Paz (¿por qué dijo Obama cuando lo supo?). Expectativas que en buena medida se vieron defraudadas durante los ocho años de mandato, entre otras razones por todo lo que explica con detalle y realismo en sus Memorias.

Biden llega con la ventaja de que las expectativas que despierta son limitadas, modestas; su principal valor es que desahucia a Trump, pero su oferta parece de transición, de bajo vuelo. Con tan bajas expectativas su desempeño puede llegar más lejos de lo esperado. La valoración de Biden que traslada Obama es sobresaliente, lo cual debe significar algo, al menos esperanza.