El careo Fernández-Martínez y el dilema del prisionero

Fernández y Martínez, exministro y exsecretario de estado de Interior comparecerán el viernes 13 de noviembre ante el juez García (Manuel García Castellón) en el Audiencia Nacional para explicar sus distintas versiones sobre su conocimiento del “caso Kitchen” o “caso Bárcenas”, el espionaje extraoficial del tesorero del Partido Popular.

Ambos empapelados en la instrucción del caso sufren el riesgo de ser acusados de conductas muy irregulares que, por ahora, han tratado de sortear por todos los procedimientos a su alcance, incluido el intento de influir sobre el instructor a través de quienes pudieran hacerlo o con el procedimiento típico en estos casos: negar todo con la expectativa de que la investigación no consiga pruebas suficientes para fundar una condena.

El careo plantea a los dos protagonistas un caso típico del juego del prisionero; sus abogados tratan de conducirles hacia versiones que conduzcan a su exoneración lo cual requiere una astuta connivencia que no se note demasiado. Ambos son prisioneros de sus declaraciones ante el juez y en los medios de comunicación, que no han sido pocas ni insustanciales. Con el careo tendrán la oportunidad de fijar su posición penúltima (la última será cuando se celebre el juicio oral) que puede conducirles a la exculpación… o no.

Sus declaraciones no son determinantes para la determinación final que haga el instructor y que establezca luego el tribunal (los tribunales, ya que habrá recursos) a los que corresponda dirimir el caso. Hasta ahora tanto Fernández como Martínez no han brillado por su inteligencia tanto antes de los hechos investigados, como durante los hechos como después de los hechos. Torpezas tras torpeza hasta un resultado final que no tardaremos en conocer porque el juez instructor tiene mucha por delante, muchas piezas separadas de un mismo tronco y tiene ganas de ir cerrando capítulos de un caso, el que protagoniza Villarejo, que da para una serie de muchas temporadas y que pone en cuestión la calidad de la democracia española, de su aparato policial y, también, de los dirigentes políticos en el gobierno.

De todo lo que vamos sabiendo de este caso, en lo que implica a Fernández y Martínez, la sensación dominante es que las cosas son como parecen; y parecen de muy mala pinta: actuaciones irregulares, delictivas y además estúpidas por sus resultados y consecuencias.

La incógnita ahora está en si las responsabilidades van para arriba y para los demás; si además de los que van al careo tienen que aumentar la nómina de investigados incluso de mayor rango. Martínez y Fernández tienen que elegir en qué lado de la cuadricula del dilema del prisionero se colocan: se salva uno condenando al otro; se salvan los dos o acaban condenados ambos.