Don Juan Carlos frustra su objetivo vital: unir  

Don Juan Carlos siempre quiso ser el Rey de todos los españoles, lo reiteró en todos sus discursos: unir, superar las dos Españas. Esa era su misión, su objetivo vital,  que justifica y sostiene la Corona. La historia acredita que logró ese objetivo durante décadas. Su  compromiso para construir una democracia parlamentaria a la europea en España es indiscutible, además ese era el objetivo compartido por la mayoría de los españoles. El Rey se comprometió con ese objetivo en los momentos críticos, cuando los hechos valen. No solo el 23 F, también al comienzo de su mandato apostando claramente por una Constitución democrática por encima de las preferencias partidistas que caracterizaron las Constituciones españolas del siglo XIX. Una Constitución para una amplia mayoría. También tuvo en cuenta esa idea de ser Rey de todos cuando abdicó, a pesar de la doctrina de monárquicos clásicos para los que el Rey solo acaba cuando muere.

Pero desde la abdicación, seguramente desde unos años antes, Don Juan Carlos decidió que tenía derecho a su propia vida e intereses personales, dio de lado al objetivo prioritario: no dividir a los españoles. Ahora divide, genera dos bandos, apocalípticos e integrados, dos Españas, con el pasmo de esa tercera España que comparte el objetivo de unidad y proyecto compartido, de tolerancia y consenso.

El historiador Juan Francisco Fuentes publicó en EL PAIS del miércoles el artículo que me parece más cabal e inteligente de los publicados estos días: "Vicios privados, virtudes públicas". Fuentes recuerda que Adolfo Suárez decía que a veces al Rey había que "protegerle de sí mismo". De hecho a todo líder hay que proteger de sus sesgos personales incorrectos, que pertenecen a la naturaleza humana. El historiador añade la advertencia que Alfonso Armada hizo al que fue su pupilo y era su jefe: "Los reyes no hacen negocios". Añado otra referencia, de Sabino Fernandez Campos que en una de sus notas al Rey le decía "Está mal que usted acepte regalos, pero es peor que les pida". Y algunos de sus amigos de siempre, los discretos, los que le quieren y admiran, advirtieron a Don Juan Carlos que no iba por el buen camino, sin ser atendidos, todo lo contrario, conminados a callar y marcharse.

Don Juan Carlos fue valiente para tomar decisiones críticas, y disfrutó de intuición política. Pero ambas cualidades le han abandonado últimamente, como si un virus las hubiera opacado, como el COVIT anula el gusto y el olfato. No ha dado oportunidad a su intuición para evitar errores, y no ha sido valiente para responsabilizarse de los mismos. Su declaración de arrepentimiento ("me he equivocado, no volverá a ocurrir") no tenía ni atrición (pesar por la ofensa por temor a la pena) ni contrición (arrepentimiento y propósito de enmienda). Solo fue un gesto de imagen.

Y ahora sigue con los gestos y la imagen, olvidando su propósito vital: unir a los españoles y justificar la Corona por su utilidad y ejemplaridad, precisamente cuando esa ejemplaridad es una virtud pública y privada.  Va por detrás de los acontecimiento, sin intuición ni valentía. A él le toca volver al carril central, por respeto a sí mismo, a su hijo y a los españoles. No es sencillo con 82 años cumplidos y muchos servicios prestados, pero es algo que acredita el carácter y la grandeza.

Al personaje público principal el derecho a la intimidad le está vedado, la presunción de inocencia no le alcanza, la carga de la prueba la tiene que aportar él; sus derechos son menos pesados que sus deberes.