Sánchez y la utilidad de los aplausos

Sánchez en el Congreso

Sentir el aplauso de los propios debe generar seguridad, agradecimientos, y quizá fortaleza. Sánchez declara con orgullo que la legislatura será “larga y fructífera”, es obvio que lo hace para molestar a la oposición que no acaba de explicarse cómo se puede ocupar la Moncloa con 120 diputados y alianzas flácidas con una docena larga de partidos integrados en varios grupos parlamentarios. Una provisionalidad para ir tirando con objetivos muy dispersos que obligan al toma y daca permanente para lograr mayorías parciales.

Esa debilidad puede ser la explicación razonable sobre la estrategia de Sánchez transitando por una retórica con sesgos caudillistas. La imagen de los ministros esperando en la antesala del Consejo para aplaudir al jefe a su regreso de la cumbre de Bruselas, o de los diputados de su parroquia aplaudiendo en el hemiciclo a la entrada del líder resultan llamativas, más que anecdóticas, con pretensión de mandar un mensaje de fortaleza política que puede tener ese efecto o el contrario.

El Presidente se subió al podio parlamentario con sendos discursos (el inicial y las réplicas) preparados de antemano, tópicos, reiterativos y con dos mensajes básicos: el gobierno lo hace muy bien (dicho con humildad) y la oposición es impresentable (dicho con arrogancia). Las réplicas fueron el discurso del que se opone a la oposición, una retahíla de argumentos de parte, poco fundados y dedicados a dar leña a los mismos partidos a los que luego reclama unidad, apoyo y colaboración.

Una sesión típica de confrontación, sin ideas, sin propuestas, sin búsqueda de consensos y sin efectividad; un mero trámite para acentuar la decepción de los ciudadanos. Sólo la portavoz socialista jaleó al Gobierno y a su Presidente; los demás grupos que han formado parte de la mayoría que sustenta a Sánchez, no le regatearon ninguna crítica al tiempo que reclamaban “lo suyo”, su tabla reivindicativa conocida y de imposible satisfacción; lo más parecido al juego miénteme que yo también te mentiré.

Edmundo Bal, el portavoz de ciudadanos, parece un marciano en ese Parlamento; un desubicado despistado que habla un idioma distinto a los demás portavoces; se le nota que es político accidental, con otra vida ajena al argumentario partidista. La moción de censura anunciada por VOX con la pretensión de ganar protagonismo es retórica, fuegos artificiales. Y el incumplimiento del grupo socialista del compromiso de asistencia limitada, al 50%, la demostración de que las normas que dictan los políticos son para los demás pero no para ellos. ¡Una vergüenza! La cobertura de la presidenta de la Congreso a esa irregularidad acredita que no es persona para vestir el cargo, que carece del carácter y la entidad que requiere la institución.

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