Inviolabilidad del Rey, responsabilidad del Gobierno

Todos iguales ante la ley. Sin duda es uno de los vectores de una democracia. La realidad es más complicada, iguales, pero no tanto. Los ricos no son tan iguales como los pobres, los influyentes son menos iguales que los comunes, los aforados tienen algunas ventajas que pueden ir en su contra en determinadas circunstancias. Y los inviolables son especiales y por tanto poco iguales. En nuestra Constitución (y en muchas otras) hay dos "inviolabilidades", la del artículo 56.3 que afecta al Rey (... es inviolable y no está sujeto a responsabilidad. Sus actos estarán siempre refrendados por el gobierno) y la del artículo 66.2 que afecta a los diputados. No se trata de la misma "ausencia de responsabilidad" pero se trata de un aparente privilegio que requiere una buena ejecución para que sea comprensible para los ciudadanos.

Aparentemente el Rey, como jefe del Estado, está adornado de no pocos privilegios, entre ellos la inviolabilidad. También disfruta de algún tipo de protección frente a injurias o insultos. Digo aparentemente porque la realidad es distinta, precisamente por ser Jefe de Estado con privilegios se le puede injuriar por mor de la libertad de expresión, además está desamparado en cuanto al derecho de intimidad y más aun de eso otro derecho tan pisoteado como es la presunción de inocencia. Desde algunos puntos de vista no es buen negocio ser el primero del Estado, está sometido a escrutinio total y dispone de una defensa muy mermada. Tiene que aguantarse.

El anterior Rey, Juan Carlos I, va a poner a prueba la resistencia de sus privilegios, entre ellos el de la inviolabilidad. Varios fiscales, en Suiza y en España, escrutan sus decisiones y actuaciones y, antes o después, trasladarán a los Tribunales propuestas para empapelarle (sinónimo de procesarle, encausarle, investigarle...).

Hay datos objetivos, aunque no suficientemente explicados, que colocan al anterior Rey en una situación procesal precaria, y, desde luego, en una posición deficiente en cuanto a ejemplaridad y a reputación social. Juan Carlos saldrá muy malparado, pase lo que pase en los tribunales. Y no van a faltar los que aprovechen el caso para extender las responsabilidades a la familia y, por tanto, al Rey actual que, por lo que sabemos, es ajeno a los hechos, víctima de los mismos, y está determinado a asumir la responsabilidad que le toca, por penoso que le resulte.

Además de las responsabilidades de D. Juan Carlos, hay otras que merecen debate y explicaciones. La propia Constitución añade al privilegio de la inviolabilidad que "sus actos deben estar refrendados por el ejecutivo" (el Presidente del Gobierno y en su caso los ministros competentes" (art 64). No es fácil determinar ese refrendo, hasta donde llega. Pero es obvio que la Constitución encomienda al ejecutivo cierta vigilancia del Jefe del Estado. Tarea nada sencilla, nada precisa, pero que supone que el ejecutivo, con todos sus recursos, debe prevenir al Rey incluso de sí mismo y de sus posibles extravíos, muy humanos. Por ejemplo prevenirle de ciertas compañías y algunas tendencias y comportamientos.

La misma Casa del Rey, que es Estado, tiene un deber de auxilio y protección para evitar desviaciones. Mientras personas como Mondéjar o Sabino Fernández Campos estuvieron al lado de D, Juan Carlos esa vigilancia fue efectiva y cuantos conocen los avatares de la Zarzuela saben cómo funcionó. Tras la salida de Sabino de Zarzuela se notaron los cambios, se percibió a un Rey más liberado y caprichoso. Nadie quiso asumir el papel ingrato de advertir los charcos y de contener emociones o pasiones.

Desde la presidencia de Aznar, no digamos las de Zapatero y Rajoy, el Rey fue a su aire sin atender semáforos (se apagaron) ni consejos. Algún amigo que intentó hacerlo salió malparado y otros, sobrevenidos, le empujaron a la zona oscura. Los servicios secretos han estado siempre muy atentos a proteger al Rey (es una de sus tareas) y no está claro si le hayan protegido para bien o para mal. El desempeño del tan elogiado general Sanz Roldán aparece ahora salpicado de demasiadas ausencias o de presencias equivocadas.

Algunos quieren acabar con la monarquía por múltiples razones, muchas de ellas emocionales, pero antes convendría reflexionar sobre el funcionamiento del sistema, sobre la irresponsabilidades no solo del Rey anterior, también de todos los que debían proteger al Estado. Desde hace años se sabía que el Rey iba suelto y nadie le advirtió que no estaba bien orientado. No le exime de responsabilidad pero apunta a más actores que no han cumplido con su obligación. Además se sabía que algo estaba yendo por mal camino.