¿Adónde va Sánchez?

Dos años y un mes lleva Pedro Sánchez al frente de un Gobierno, tiempos pródigos en provisionalidad, pero siempre con esa sensación de seguridad que da el hecho de que la oposición es más débil que el Gobierno; la minoría socialista acredita maniobrabilidad política para alcanzar los votos suficientes para durar. Si hay que pactar con Bildu, se pacta y a otra cosa mariposa. Si hay que pactar con Ciudadanos se pacta y amén. Y a los catalanes basta con recordarles que cualquier alternativa es peor para ellos. Si algo está claro con Pedro Sánchez es que quiere estar en la Moncloa, lo que ya no está tan claro es ¿para qué?

¿Qué le diferencia de los otros presidentes? Desde luego que tiene la misma pasión que los otros (con la duda de que Rajoy sepa que es pasión) por el ejercicio del poder. Suárez soñó con ser presidente y otro tanto Aznar o González. Calvo Sotelo era de otra pasta pero la pasión política la tuvo desde pequeño y su larga carrera empresarial y política (no muy exitosas) apuntaba a llegar a más. El caso de Zapatero tiene carácter más postmoderno y líquido, pero el leonés llegó a la cabeza del partido y del gobierno con convicciones, con un proyecto por completar y unos objetivos por alcanzar.

Sánchez tiene la misma o más pasión que los otros, lo que no está tan claro es el objetivo, ¿para qué? Ha cabalgado sobre tres legislaturas, la mitad de la XII (tras derrocar a Rajoy), la fallida e impotente XIII y la actual la XIV que al poco de estrenar tuvo que afrontar la pandemia que nos agobia. Sánchez se pavonea de haber ganado cinco elecciones (dos generales, las europeas, las municipales y las autonómicas). Una verdad a medias, como casi todas las de Sánchez. No ganó ninguna, aunque en todas ellas quedó en primer lugar. Eso no es ganar, aunque tampoco sea perder. Sánchez ha obtenido los peores resultados del PSOE, pero como a sus adversarios les ha ido peor, sus votos le permiten alcanzar mayorías parlamentarias y dominar el partido, cada día más silente y entregado.

La entrevista que concedió a La Vanguardia el pasado fin de semana es llamativa con su inanidad, no dice casi nada y el casi hay que exagerarlo para poder titular. Se jacta el Presidente de que el Gobierno “está fuerte”, es una opinión, no un dato. Pretende que la oposición ha querido “derrocarlo”, lo cual es menos que opinión. Él derrocó legalmente al Gobierno anterior, pero la oposición no lo ha intentado, simplemente le critica, tanto como él critica a la oposición. Sánchez propone “diálogo, cohesión y unidad”, suele reiterarlo en sus intervenciones parlamentarias y en declaraciones públicas, pero a renglón seguido hace lo contrario, obstaculiza cualquier negociación. El Presidente no ha hecho ni un solo gesto efectivo ni público, ni siquiera discreto, para propiciar una conversación con la oposición. En realidad él mismo lo reconoce cuando dice que han sido los de Ciudadanos los que se han movido hacia él.

La inanidad de las declaraciones a La Vanguardia alcanza cotas notables cuando alude a los impuestos. Lo más que le han arrancado los periodistas es que “el sistema impositivo va a mejorar hacia la justicia fiscal”. Aten esa mosca por el rabo, ¿no podría haber concretado un poquito más?

Lo que deja claro la entrevista, y eso si es un dato, es que el presidente ejerce de guía de turismo por la Moncloa, y que posa mucho y bien para el experimentado fotógrafo, Pedro Madueño, que ha retratado a todos los presidentes en Palacio. John Carlin, cronista de la entrevista, elogia al inquilino de la Moncloa como invitado agradecido, pero concluye con estocada final (es la condición del periodista): “habla muy buen inglés: otro motivo para pensar que, pase lo que pase en su vida política, tiene el futuro asegurado como guía turístico”. Llegar a la Moncloa para enseñarla puede ser un objetivo razonable.